miércoles, 23 de diciembre de 2015


Noches mágicas,
donde cada luz es un deseo,
una esperanza,
una ilusión,
un sueño...

Noches y días especiales,
momentos inolvidables,
para disfrutarlos,
con ganas, con pasión,
y vivirlos a pleno.



Feliz Navidad
y

Buen Año Nuevo!



jueves, 3 de diciembre de 2015

El fin de semana fui a bailar, necesitaba divertirme después de tanto trabajo. Quedé con unas amigas y allí fuimos. Era tanto que no entraba en una disco, me sentía tan rara, todo era tan diferente de la última vez. Pero no dejaría que eso me echara para atrás. Dejamos nuestras cosas en el privè y nos dirijimos al centro de la pista.

Enseguida encontramos con quien movernos, la música era obviamente fuerte y el juego de luces hacía que no si distinguieran bien los rostros. Después de un rato, quien bailaba conmigo se acercó mucho, demasiado, y sentí sus manos rodeándome la cintura y apoyándose en mi culo.

¿Qué crees estás haciendo? –le grité al oído mientras frenaba esas manos que ya resbalaban hacia mi entrepierna.
¡Emme!... reconocería tus curvas donde sea... –y su boca buscaba la mía. ¿No me reconoces? ¡Soy Cris!

Ya había dejado de bailar y ahora me había quedado helada. Habían pasado 10 años de la última vez que había visto a Cris. Mi primer trabajo cuando llegué acá, la niñera de su hermanita. Lo había visto transformarse de tímido adolescente a un guapo muchacho, seguro de si mismo.

¡Cris! ¡Cuánto tiempo sin verte! –continuaba a gritarle. ¿Por qué no vamos a hablar a otro lado?
Mmmmmm… Emme ¿sabes que estás realizzando una de mis fantasias? –dijo a mi espalda mientras ibamos al privè; y sus manos esta vez se apoyaron sobre mis hombros, empezando a bajar.
Cris... Basta... –me giré frenándolo otra vez.
Please Emme... déjame continuar... –me dijo en voz baja y haciendo esa carita de niño bueno que tanto conocía.
No puedo dejarte seguir Cris... –comencé a decirle, y cada vez me costaba más tenerlo a raya. Eres muy joven... ¡Te vi crecer casi!
Emme son sólo 7 años de diferencia... –decía más calmado y acomodándose en el privè. Ahora ya no soy un adolescente y tú no eres la niñera de mi hermana.
Cris... –inicié pero él me interrumpió.
Emme... Esta noche soy sólo un hombre que desea una mujer... –y volvió a colocarse a pocos centímetros de mí. Una hermosa mujer...

Más se acercaba, más confundida me sentía. Mi cabeza seguía diciendo “No podemos, todo es equivocado”, pero mi cuerpo sentía otras cosas. Cris se había convertido en un hombre muy atractivo; su perfume me estaba enloqueciendo. Su voz, susurrada en mi oído me excitaba, y sin darme cuenta, abrí ligeramente las piernas y cerré los ojos.

Las manos de Cris iniciaron a subir por mis piernas, él dejó de hablar y su lengua inició a lamer mi lóbulo. Cada centímetro de piel que él avanzaba hacia mi sexo, producía un huracán de sensaciones, más por lo prohibido de la situación... Él... Yo... El privè de una disco llena de gente... Sentía subir la temperatura y todas mis resistencias se habían perdido, junto con mi razón.

Abrí un poco más las piernas, poniéndome obscenamente a su disposición. Quería sentir sus manos, sus dedos abriéndose camino hacia ese húmedo centro, que pulsaba por él. Saboreaba mi cuello, hasta que llegó a mi boca también; fui yo entonces que le mordisqueé el labio y hundí mi lengua entrelazándola con la suya. Lentamente inició a descender hacia mi seno, que ya había liberado del sujetador, pellizcaba un pezón mientras torturaba el otro con sus dientes.

Siempre me han gustado tus tetas... –dijo Cris con el respiro acelerado. Cuántas noches he soñado con ellas...

Se puso en pie delante de mí, bajé el cierre de su jeans y liberé mi deseo, el suyo. Me acerqué tomándome los pechos y sin dejar de mirarlo a los ojos, coloqué su erecta virilidad entre ellos. Pasó sus manos por mis cabellos y empujó mi cabeza en modo que mi boca lo recibiera al final del recorrido. Sentí cómo se tensaba cada uno de sus músculos con esos toques de mi lengua en la punta de su falo. Arqueó la espalda y su esencia explotó en la comisura de mis labios, que relamí con ganas.

Emme... eres fantástica... –comenzó a decir mientras se acomodaba el jeans nuevamente. Y no quiero que termine acá...
Cris... esto fue una locura... –le dije mientras volvía a entrar en razón y me vestía, pero él me interrumpió.
Ninguna locura... –me tomó del pulso y me hizo alzar, besándome. Vámonos... y que la locura siga toda la noche.
Lo miré, me mordí el labio inferior y pensé lo que siempre me dice una amiga mía: “Y sí... la vida son dos días, y uno ya pasó! ”.



jueves, 12 de noviembre de 2015

Fueron semanas de mucho trabajo. Iniciaba muy temprano y cuando terminaba, era ya muy tarde. Mi vida personal fue, a decir poco, inexistente. Ni siquiera he podido quedar con Max una vez en estos días.

Al menos me recreaba la vista; y es que desde hace unos meses ha llegado un socio nuevo al estudio. Un hombre ya maduro; elegante, sea en sus modos que en sus movimientos. Con una voz profunda, con el tono de quien sabe comandar. Y una mirada que parece desnudarte con sólo observarte. Y entre mi abstinencia y él dando vueltas por allí todo el día, estaba ya enloqueciendo.

Verlo a través del vidrio de su oficina y no encontrar una excusa para hablarle, estaba volviéndose una tortura. Envidiaba a mis colegas que tenían un trato directo con él. Pero esto hasta las otras noches.

Me quedé en la oficina porque al día siguiente debía presentar la traducción completa de un proyecto. Pensé que estaba sola, por lo que me descalcé y sujeté el cabello sobre la nuca, atraversándolo con un lápiz. Conecté el i-pod al pc y comencé a escuchar música, no soportaba el silencio. Subí las piernas al escritorio y cerré los ojos por unos minutos. Me dejé transportar e inicié a mover los pies, las piernas, frotándolas entre ellas. Pero en un momento me sentí observada y no me equivocaba. Allí, parado delante mío, estaba él, el nuevo socio. Parecía no se hubiese perdido un sólo movimiento. Me levanté de un salto. Él dió la vuelta al escritorio, mientras abría su saco y aflojaba su corbata. Se detuvo frente a mí, pasó una mano por mi cuello y sin pedir permiso, me besó. Sentí su lengua buscando la mía. Se entrelazaba a ella y me mordía el labio. Su otra mano la sentí pasar por mi cintura, tirar de mi camisa, y desabrocharme el jeans. Se separó apenas, para fijar su mirada en la mía…, me tomó en brazos y me sentó sobre el escritorio. Volvió a sujetarme por el cabello, tirándome hacia atrás. Su boca recorría cada centrímetro de piel, desde mi cuello hasta el vientre. No necesitaba pronunciar palabra para dominarme. Él era el dueño de la situación.  Sentía toda la humedad entre mis piernas. Escuché cómo abría el cierre de sus pantalones. Y sin dejar de fijarme en las pupilas, colocó una mano sobre mi cuello y me penetrò. Una estocada fuerte.

Inició a entrar y salir de mí, haciendo presión en mi cuello. Jamás había probado tanto placer. Comencé a gemir y temblar, sabía que estaba por llegar a mi orgasmo, y él también lo supo…, y se detuvo. Se acercó a mi oído.

Aún no... –dijo en un tono no brusco pero sí determinado. Te correrás cuando yo te diga.

Su voz me hizo gemir aún más. Continuó a moverse otra vez, sujetándome por los hombros. Aumentaba su potencia y velocidad. No creía poder resistir mucho más. Hasta que lo escuché.

Córrete para mí... –pronunciò y, sin quererlo tal vez, parecía una orden. Córrete conmigo.
No debía decirlo dos veces. Sentí todo mi cuerpo ir en éxtasis. Y en el instante que toda su virilidad inundaba mis entrañas, yo lo cubría de mi esencia.

Necesité unos minutos para que mi respiración volviera a la normalidad. Él, en cambio, parecía apenas salido de una reunión de trabajo, y no uno que me había apenas hecho gozar del mejor sexo de los últimos meses. Estaba por salir de mi oficina sin decir una palabra, pero se giró.

Mañana la espero al horario habitual, venga de falda y tacones, habrá una reunión importante... –hizo una pausa, e inclinando la cabeza un poco agregó: …y no podemos saber si necesitaremos quedarnos hasta tarde mañana también.

De repente, no me molestò tener tanto trabajo.


jueves, 22 de octubre de 2015

Somos amigos.

Un tiempo hubo fuego entre nosotros, pero ahora…, ahora ya no. Y ¿entonces por qué me encontré en esa situación?

Deberíamos quedar como amigos.”, continuaba a repetir Max. Y yo hacía que sí con la cabeza, convencida, en definitiva, nos habíamos frenado en tiempo. En tiempo de no herirnos y salvar nuestra relación, seguir siendo esos amigos del alma. Nuestras charlas eran infinitas, nos contábamos todo, o casi. Nos reíamos, nos reíamos tanto, y no sentíamos necesidad de más…, al menos eso creía…, creíamos.

Pero ayer mientras me contaba su enésima discusión, su enésima pelea, la luz de sus ojos era diferente. Su voz no tenía la habitual tristeza, el común dolor. Y admito que hasta sentí un poco de ternura.

¿Por qué no vamos hasta mi departamento a tomar el último café? –me propuso muy inocentemente. Estamos cerca, y luego te acompaño hasta tu casa.
Ok…, pero mirá que no puedo hacer tarde, mañana trabajo desde temprano. –me apresuré a responder.

Apenas llegamos a su piso, se puso cómodo mientras yo me dirigí a su cocina, estaba como en mi casa.
¿Preparas tú el café? –preguntó mientras sentí sus manos en mis caderas acercándome a él. Debía resistirme, alejarme, pero…, me gustaban…, me excitaban. Estoy loca; hubiese debido escapar pero lo dejé hacer.

Me besó el cuello desde atrás, y sin decir una palabra, me giró. Pasó sus manos entre mi cabello y me comió la boca. Sentí su lengua invadiéndome, buscando desesperadamente la mía.

Por un momento pensé en nuestra amistad, en cuánto nos había costado llegar a ese equilibrio; pero el sabor de sus besos apartaron cualquier reflexión de mi mente. Cuando separé mis labios de los suyos, en sus ojos ví un deseo inmenso…, tanto cuanto al mío. Un escalofrío me recorrió toda la espalda. Y ya sabía cómo terminaría en el momento exacto en el cual me desabroché el jeans y lo dejé caer al suelo…, a sus pies.

Max se desvistió mirándome todo el tiempo a los ojos. Lo hizo lentamente, disfrutando de ese color que subía por mi cara. Cuando finalmente terminó, y se quitó el boxer, no pude evitar “soplar”. Ver su excitación era estupendo, nunca pensé hacerle ese efecto. Y automáticamente me mordí el labio.

Me vuelves loco cuando haces eso... –me susurró al oído mientras pasaba su pulgar por mi boca.

Lo tomé de las caderas, acercándolo a mí, quería besarlo aún, saborearlo. Él aprovechó y desabrochó mi camisa, descubriendo mi seno. Bajó por mi cuello, besando mis pechos, se llevó mis pezones uno a uno a la boca. Los lamió, los succionó como si realmente bebiera de ellos. Ya no razoné más y froté su erección contra mi monte de Venus. Quería sentirlo por toda mi piel antes que dentro mío. Jamás me había comportado así con un hombre, pero con él era diferente. Él me conoce como nadie, él sabe todo de mí…, pero quería demostrarle qué mujer soy y que se arrepintiera por todo el tiempo que hubiese podido poseerme cada noche, y no lo había hecho.

Inicié a descender lentamente, hasta quedar de rodillas frente a su virilidad. Lo tomé entre mis manos y lo llevé a mi boca, sin dejar de mirarlo a los ojos. Quería ver su reacción al toque de mi lengua. Paladear el sabor de las primeras gotas de su esencia. Él crecía en mi boca…, y su temperatura aumentaba. Sentí la humedad entre mis piernas y llevé una mano hacia allí. Comencé a acariciarme mientras mi boca continuaba a degustarlo.

Max no aguantó más… Hizo que me alzara y me sentó sobre la mesa de la cocina. Sin decir una palabra, me sujetó por las caderas y me penetrò.

Me detuve un instante, apoyé mis manos en su pecho…, quería sentir sus latidos. Me dejé llevar… Y le pedí de no frenarse... De hacerme suya… Sus caderas comenzaron a embestirme cada vez con más fuerza. Me sujetó los cabellos y me besó con una pasión violenta… mordiéndome los labios. Clavé mis uñas en su espalda. Sentía mi cuerpo temblar… El orgasmo fue intenso... Aún no me reponía cuando sentí todo el calor de Max quemándome dentro, llenándome.

Me besó en la frente y se retiró de mí. Mi mente no lograba elaborar ningún tipo de pensamiento claro. En ese momento escuché su voz que me decía:

Cielo, voy a hacerme una ducha... –ya estaba abriendo el agua cuando agregó: Ufffff no pensé jamás que el sexo entre amigos podía ser así…, porque seguimos siendo amigos, ¿no?


…por supuesto. –respondí, alegrándome que no escuchara lo rota de mi voz. Obvio que seguimos siendo amigos Max... –agregué, mientras con el envés de mi mano secaba las lágrimas que recorrían mi rostro.





jueves, 15 de octubre de 2015

Había vuelto a la rutina. Y después de esos días de playa, resultaba cada vez más aburrida. Sin contar con el hecho que me encontraba sola, eso de hace una semana, y la cosa ya se hacía insoportable.

Decidí llamar a Fran. Nuestra relación era eso, sin compromisos. La pasabamos bien juntos, nos entendíamos muy bien entre las sábanas, pero no más. Ninguno de los dos se había enamorado del otro.

Hola… –sabía que reconocería el número. ¿Cómo estás? Es tanto que no nos vemos… ¿qué haces esta noche?
Hola bonita! –su voz relajada del otro lado ya me había hecho sonreir. Finalmente has vuelto de esas playas perdidas… ¿Esta noche?..., ahora que escucho tu voz, pensaba que podría perderme en algunas curvas.
¡Suena un estupendo plan! ...te espero a la noche, luego de la cena, para el postre… –bromeé.

Pasadas las diez sonó el portero.

Llegué... –su voz, o mis ganas, ya me hicieron estremecer.
Sube... –respondí probando a simular mi ansiedad. Dejé la puerta del departamento entreabierta y fui hasta la cocina. Ambos teníamos debilidad por el café, y uno recién hecho era un buen punto de partida. Escuché la puerta cerrarse, y enseguida lo sentí detrás mío. Su mano se abrió paso por mi camisa palpándome el seno. Y su boca apoyó en mi cuello un beso que pareció quemarme la piel.

Hola piccola… sabía que harías café, por eso te traje esto. –dijo, sacando una cajita de chocolates; él sabe bien que, en ciertas circunstancias, soy golosa.
Mmmm… me conoces... –dije girándome y apretándome a su cuerpo.

Nos tomamos el café entre besos robados y provocadores mordiscosEstábamos muy acomodados en el sofá. Descalzos. Él, en jeans y una camiseta negra, muy ajustada a sus pectorales. Yo, sólo con el íntimo y una camisa blanca a medio abrochar.  

¿Quieres más chocolate? –dijo colocándose un trocito entre los dientes.

Me subí a hojarcadas sobre él, y no sólo tomé el chocolate, sino que comencé a comerle la boca. Mi lengua le recorrió cada ángulo y se entrelazó con la suya. Sus manos iniciaron a recorrer mis piernas, hasta llegar a mis bragas. Sus dedos se abrieron paso rozando mi liso monte de Venus. Lo sentí moverse entre mis pliegues mientras yo seguía besándolo, con mis manos enredadas en su pelo. Me balanceaba adelante y atrás sobre su ya durísima excitación; en tanto que sus dedos entraban y salían de mí. Me aparté un poco, para desabrocharle el jeans. Bajé lentamente por sus piernas, mis uñas hacían lo mismo por su pecho. Finalmente liberé su pasión sin poder resistir llevármela a la boca. Tenía un buen sabor…, siempre lo tenía. Lo saboreé hasta que sentí cómo se tensaba bajo mis lamidas. Me quité las bragas y volví a subirme sobre él. Me empalé a su cuerpo, haciendo que entrara y saliera de mí. Sabía que no resistiría mucho más. Liberó mi seno del sujetador, tomando uno a uno mis pezones con la boca. Succionando y mordiéndolos hasta que arqueé mi espalda. Me derramé, en el mismo instante que su caliente virilidad inundaba mis entrañas. Ambos nos dejamos caer sobre el sofá, exhaustos.

Piccola…, ven, te llevo a la cama... –dijo con una ternura casi desconocida.
Fran… tú ya sabes que... –traté de responder antes que él me callara apoyando un dedo sobre mis labios.
Somos sólo amigos…, lo sé. Y si quiero quedarme aún, es porque no deseo que esta noche termine acá. –dijo guiñándome un ojo.

Estaba cansada para contradecirlo. Y realmente, lo que más necesitaba esa noche, era compañía. Después de todo, dormir sobre su pecho no me resultaba tan mala idea.


jueves, 1 de octubre de 2015

Caminé hasta esa playa perdida que he conocido años atrás, y que tanto me gusta. Acomodé mis pocas pertenencias y me dispuse a tomar sol, cuando lo ví salir del mar. Pese al calor, un temblor recorrió mi cuerpo. Él no me vió, o hizo de cuenta que no. Se colocó lejos de donde me encontraba. Mejor, me gustan los lugares solitarios, más si es para disfrutar del mar.

Me pasé la mañana entrando y saliendo del agua… tomando sol y leyendo. Cada tanto lo observaba, y él hacía lo mismo.

Ya era mediodía y la única sombra estaba ocupada por él. No lo supo, pero lo maldije. No quería irme, pero tampoco castigarme la piel. Fui a nadar una vez más. Volví y me puse boca abajo. Me estaba durmiendo cuando sentí una mano sobre mi cintura, sobre esa delgada e invisible linea divisoría entre mi espalda y mis nalgas. Me giré instintivamente y lo vi..., arrodillado a mi lado estaba él.

Te quemarás la espalda así... –dijo sonriendo.

Era atractivo, descaradamente atractivo. La humedad entre mis piernas ya no era por mi traje de baño.

No es la primera vez que tomo sol, y aparte has ocupado el único lugar a la sombra de toda la playa. –le respondí cubriéndome los ojos con una mano.
Hubieses podido acercarte... –susurró y volvió a posar su mano en mi cuerpo, en mi vientre. Te coloco un poco de crema… es lo que estaba haciendo.


Y comenzó con un ligero masaje sin dejar de observarme…, me quedé inmóvil, no supe resistirme. Bajó su mano, mirándome a los ojos. Comprobó lo mojada que estaba y yo noté su erección. Sus dedos jugaban entre mis pliegues, y mi respiración se agitaba con cada círculo que él dibujaba en mi clítoris. Lo empujé apenas, ese tanto que bastaba para colocarme a hojarcadas sobre él. Mis manos le recorrieron los brazos…, el pecho…, bajaron por su marcado abdomén…, y sin pudor, se metieron entre su boxer y ese durísimo sexo que aprisionaba. Comencé a masturbarlo al tiempo que él posaba sus manos en mi seno. Pellizcaba mis pezones, y se los llevaba uno a uno a la boca…, mordiéndolos…, succionándolos. Su polla estaba completamente fuera; erecta…, imponente. Sentí como su mano apartaba la parte debajo de mi traje de baño, deshaciéndose de ella completamente. Yo permanecía en éxtasis con mis manos en su hombría. Sentí las suyas en mis nalgas, presionándolas, abriéndome a él. Con un movimiento decidido me clavé a su virilidad, cerrando mis ojos creyendo de llegar a la cima del placer en ese instante. Empecé a moverme, lentamente, hacia adelante y atrás. Sus manos pasaban de mi culo a mi seno, recorriendo toda mi espalda. Lo cabalgaba como una salvaje amazona, haciéndolo entrar y salir de mí. Sentí los espasmos de mi orgasmo…, el primero, porque no me detendría. Continué con mi danza sobre él hasta que sentí como se tensaba debajo de mi cuerpo. Me acerqué a su oído y le susurré: “dentro…, quiero me explotes dentro…”. En ese momento me aferró las caderas y sentí como toda su pasión inundaba y calentaba mis entrañas. Me derramé junto a él.



viernes, 4 de septiembre de 2015

Escuché el ascensor. Sabía que era él.

La puerta del departamento se abrió. Todo estaba iluminado con velas. La música suave, de fondo, provenía de la habitación. Sentada sobre el borde de la cama. Las piernas cruzadas. Sólo la lencería negra como vestimenta.

Se paró delante mío y sonrió de lado. Dejó el saco sobre el sillón, tomándose todo el tiempo. Aflojó la corbata, sin quitarsela. Vino hacia mí y me hizo alzar. Se acercó a mis labios, pude sentir su respiración sobre el rostro. Temblé, y él lo percibió.

Su profunda mirada ahora estaba fija en mis ojos oscuros. Una de sus manos rozó distraidamente mi pierna, sabía que quería ver mi reacción. Continué a fijarlo.

Al improviso, me empujó contra la pared. Mi respiración se hizo más marcada, pesada…, se agitó. Sus dedos comenzaron a acariciarme el cuello, y no pude no apoyarme a su cuerpo.

Me quitó el sujetador y se inclinó sobre mi seno. Sentí su boca saborear uno de mis pezones. Duros…, erectos…, por…, para él.

El tiempo pareció detenerse. Podía sentir cada movimento suyo, cada respiro.


Su mano bajó por mi vientre, hasta mi sexo. Se separó un poco de mí, para observarme. Sonrió ante el rubor que inundó mi cara. Volvió a sujetarme entre su cuerpo y la pared. Sentí su dedo entre mis pliegues, moviéndose lento, mojándose con mi miel. Pese a la oscuridad, él vió el brillo de mis ojos, el fuego que provoca cada vez. Cada vez que soy suya, porque lo soy.

Continuó apretándome contra la pared. Su lengua recorría mi cuello con hambre. Escuché cómo bajaba el cierre de su pantalón. Sentí la fuerza de su polla penetrándome, como aquella de sus dientes en mi hombro. Fue su respiración que comenzó a crecer en intensidad. Se volvió feroz…, casi animal. Así eran sus embestidas. Mis manos se enredaban en su pelo y mis gemidos se ahogaban en su cuello. Marqué con mis uñas su espalda en el preciso instante que toda su hombría inundaba mis entrañas. Mi boca pronunció su nombre al derramarme en un exquisito orgasmo.

El tiempo volvió lentamente a transcurrir. Me besó permaneciendo aún dentro de mí. Luego de unos segundos me llevó en sus brazos hasta la cama. Su cuerpo y la profundidad del sueño acabaron por envolverme.


jueves, 27 de agosto de 2015

Definitivamente ese viaje sería interminabile. Había llegado hasta Paris, pero aún me faltaban al menos unas nueve horas de vuelo. Y éste había sido apenas suspendido hasta nuevo aviso.

Me senté en una de las butacas, me pondría a leer. El aeropuerto estaba practicamente vacío, sin embargo él se sentó frente a mí.

Era un hombre atractivo. Cabellos muy cortos, rasados casi; algunas canas que le daban ese encanto de la madurez. Bien vestido, completo oscuro Prada. No podía dejar de observarlo, aunque si él no si había dignado a mirarme una sola vez. Sacó una agenda y comenzó a escribir algo. Sus manos, cuidadas, perfectas… no hacía más que imaginarlas sobre mi cuerpo. Decidí ir por un café, debía despejarme. Ese desconocido estaba despertando todas mis fantasias. Yo, que generalmente soy considerada un poco fría y distante, estaba probando una extraña excitación.

Volví con mi café e inicié a leer. Él continuaba allí, en sus cosas. Continuaba a observarlo. Sus piernas cruzadas. Su camisa blanca. Su cuello tan masculino. En ese instante alzó la vista y nuestras miradas se cruzaron. Él hizo una media sonrisa y automáticamente me mordí el labio. Me sentí arder, y sentí arder también sus ojos oscuros en mi piel. Recogí mis cosas y me dirigí al baño.

No había nadie… mejor. Apoyé mis cosas y abrí el grifo, dejé correr el agua fresca por mis manos y cerré los ojos. Hasta que escuché cerrar la puerta con llave a mis espaldas. Él era quien me observaba ahora a través del espejo. No me moví. No sentí temor sino deseo. Se acercó lentamente por detrás y se apretó a mi cuerpo. Recogió mis cabellos, haciendo que inclinase el cuello, que besó… mordió. Sus manos abrieron mi camisa y sujetaron mi seno, sacándolo del sujetador. Sentía su excitación presionando en mis nalgas. Me alcé la falda y llevé su mano a mi entrepierna, quería sintiera lo que me estaba provocando.

Hundió sus dedos en mi. Entraba y salía de mi sexo. Comencé a gemir y sentía esos espamos que preanunciaban mi orgasmo. Lo escuché abrirse el pantalón y sentí el frotar de su polla. Con un moviemiento decidido, me giró y sentó sobre el mármol. Me penetró enredando sus manos en mis cabellos. Me besaba hambriento, su lengua recorría mi boca con la misma intensidad de las embestidas de sus caderas. Lo envolvía con mi calor. Lo hacía desaparecer dentro mío. Ambos teníamos el mismo ritmo acompasado. Él por momentos se detenía, dejándome empalada a su virilidad; para luego retomar con más énfasis.

Y finalmente, su voz. Un susurro… un pedido en mi oído… “…córrete junto a mí…”. No hizo falta más. Sentí su caliente hombría llenando mis entrañas, en el preciso instante que mi lujuría se derramaba en él.

Nuestras respiraciones iniciaban a calmarse, cuando escuché el anuncio de mi vuelo. Nos miramos a los ojos. Él hizo una media sonrisa. Yo me mordí el labio. Me arreglé; tomé mis cosas, y salí del baño dejándolo allí. Me dirigí a la puerta de embarque. Luego de unos minutos ya estaba en mi sitio. Faltaba poco para el despegue y parecía que viajaría sola, nadie a mi lado. Miraba por la ventanilla cuando oí a la azafata indicar mi fila. Levanté la vista. Era él.

Me corrijo, ese viaje definitivamente no sería interminable, sino inolvidable.



viernes, 21 de agosto de 2015


Caminaba por la rambla cuando lo ví. Habían pasado muchos años pero lo reconocí …mi piel lo reconoció. Pasé delante suyo, apuré el paso y volví a casa en un estado de agitación inimaginable después de tanto tiempo. Agradecí estar sola, no tendría que explicar el temblor de mis piernas.

Pensaba al hecho de que no me había notado cuando sonó el celular; ”número privado” …respondí igual.

Soy yo. En media hora te espero en el lugar de siempre. No faltes.  Era él.

¡Dios! Él…, su voz…, ¿cómo había hecho? Entonces sí, me había visto. ¿Quién le habría dado mi número? Demasiadas preguntas surgían en mi cabeza. Pero no importaban. Todos estos años esperando esa llamada. Me arreglé y salí. Iba a su encuentro. Sabía que no debía hacerlo. Pero quería…, lo deseaba con cada célula de mi cuerpo.

Llegué donde solíamos encontrarnos, debajo del muelle. Y ahí estaba esperándome. Lo saludé con un hilo de voz, y por respuesta me tiró hacia él y me besó. Su lengua recorrió mi boca con el hambre que dan los años de espera. Junté fuerzas y me separé de su cuerpo.

No puedo…, ahora las cosas son diferentes… dije.
¿Por qué?, ¿por esto? preguntó tomándome la mano con la alianza.
Sí, me casé un año después que me has dejado... respondí queriendo parecer aún enojada.
Yo no te dejé…, tú nos dejaste…, tú no quisiste seguir… -dijo, y parecía enojado.  Y si no puedes, ¿qué haces acá?, ¿por qué no te has quedado con él?
Está de viaje. Y son años que nos debíamos una conversación... casi le grité.
Niña…, no es una conversación lo que nos debemos… dijo y mientras pasó una mano por mi nuca empujándome hacia él otra vez.

No me resistí. No podía. No quería. Esta vez la hambrienta era yo. Mi lengua recorrió cada rincón de su boca. Le mordí el labio. Mis manos recorrían su pecho y sus brazos. Como años atrás, en un abrir y cerrar de ojos, hizo que me sentara sobre él y me desabrochó la camisa y el sujetador. Sin perder un segundo sentí su boca en mi seno. No sé si el cuerpo tiene memoria pero juraría que sí. Apenas sintieron su lengua, mis pezones se endurecieron como piedras. No aguanté más y le desabroché el jeans, su erección ya era impresionante. Mi mano empezó a masajearlo, mientras él seguía lamiéndome …mordiéndome …excitándome. Yo ya estaba completamente mojada, y el orgasmo fue incontenible, tuve que soltarlo por miedo a hacerle mal.

Sos el único que hace me corra con sólo su boca en mis tetas… le dije y me dispuse a terminar lo que había empezado. Pero me sacó la mano de su polla, se acercó a mi oído y me susurró:  "Esta vez no nos vamos a frenar acá…"

Hizo que me pusiera de pie; me sacó el jeans, que terminó sobre la arena junto al suyo. Mirándome a los ojos me sacó el tanga, y observó divertido como el rubor inundaba mi cara.

Esta vez te haré todo lo que deseábamos y tanto miedo te daba… dijo mientras sus manos en mi culo empujaban mi sexo hacia su cara.

Su boca entre mis pliegues, su lengua haciendo círculos en mi clítoris, sus dientes mordiéndome los labios…, todo me resultaba exquisito…, sentí como me encendía otra vez. Y él también lo sintió. Me saboreó de tal manera que creí que tendría otro orgasmo ahí, en pie. Pero no. Las manos sobre mi culo me tiraron hacia abajo e hizo que me sentara sobre él nuevamente…, me penetró de forma bestial, con ansiedad animal. Sus dedos se abrieron paso por detrás y sentí como empazaba a hacer presión. Busqué su boca…, la saboreé…, la mordí… Mis gemidos se ahogaban en su cuello. Finalmente metió su dedo por detrás y en ese instante arqueé mi espalda, no pude retener el orgasmo, temblaba entre sus brazos y él no se detenía, me dejaba acabar otra vez.

Cuando empezaba a calmarme, lentamente se desprendió de mí y se puso de pie. Aún con mi poca experiencia, supe exactamente que quería. Tomé su sexo con mis manos y me lo llevé a la boca. Era enorme y durísimo. Tenía sabor a mí. Lo saboreé con ganas…, con deseos atrasados. Con la mano acompañaba los movimientos. Arriba y abajo. Sus manos entre mi pelo también lo hacían. Mi lengua lo recorría entero, lamiendo cada centímetro. No aguantó demasiado e inundó mi boca con su hombría. Lo tragué y con la lengua limpié hasta la última gota que salía de su volcán.

Se dejó caer de rodillas. Nos tumbamos en la arena abrazados. Su corazón estaba tan acelerado como el mío. Sentía tantas cosas…, quería decirle tantas cosas…, pero la voz no me salía.

Ay vida mía… ¿has visto?, es así que tendría que haber sido… Pero no importa, esto es sólo el inicio… dijo mientras me tomaba por el culo, casi pellizcándolo.
¿Promesa o amenaza? le pregunté mientras lo miraba con picardía en los ojos. Rió…, me abrazó…, me besó…, y, como tantos años atrás, así esperamos el amanecer.


jueves, 6 de agosto de 2015


Fuimos hasta la habitación envueltos en nuestras toallas. Sentía su mirada clavada en mí, y me sentí quemar. Me recosté sin saber qué decir, y quedé en silencio a observarlo. Parecía ahogarme en sus ojos oscuros, donde leía mil intenciones, mil promesas. Me sentí sonrojar ante esto.
Acercó su rostro, y sentí cómo me respiraba. Me olfateaba como un animal con su presa. Aún si mi mente me gritaba mil y una advertencias, no logré oponerme. Mi cuerpo deseaba otro contacto con él. Cerré los ojos y lo sentí suspirar. Su mano me acarició, posándose en mi nuca. Me sujetó con fuerza del cabello, alzando mi boca hasta la suya. Sentí la invasión de su lengua, buscando la mía. Sus besos recorrieron mi cuello, alternándose con pequeñas mordidas.

Mi resistencia, si alguna vez había tenido alguna, cayó definitivamente. Me aferré a él con todas mis fuerzas. Sentí su brazo rodeando mi cintura, me tiró hacia él; hasta que su cadera presionó contra la mía. Pude percibir su excitación, separada de mí sólo por la toalla con la que todavía se cubría. No me frené y seguí sus movimientos. Me froté a su cuerpo arrancándole un gemido. Separó su boca de mi piel sólo para mirarme a los ojos. Mi seguridad…, mis ganas de él…, hicieron que su deseo aumentara.

Finalmente quitó la toalla, dejándola caer al costado de la cama. Su erección se izaba ante mí en toda su virilidad, provocándome un deseo irrefrenable. No pude evitar tomarlo entre mis manos, y él cerró los ojos dejándose hacer por un instante. Sentirlo caliente, cada vena latiendo bajo el toque de mis dedos, hacia que temblara. Sus manos aferraron las mías y su boca inició a torturar mi seno. Lamía y mordía mis pezones. Primero uno y luego el otro. De forma lenta pero intensa.

Entonces sus manos tomaron mis pechos colocando su sexo entre ellos, iniciando a masturbarse. Mis puños se cerraron apretando los bordes de las sábanas. Me mordí el labio para ahogar los gemidos. Sentí como la humedad bajaba por mis muslos y arqueé la espalda, ante lo que creí inevitable. Pero él comenzó a frenarse hasta detenerse, y esperó que yo abriera mis ojos. Sé que mi mirada le imploraba de continuar, pero quedé en silencio. Le sonreí de forma maliciosa, levantando apenas la cabeza para apoyar un beso sobre la punta de su excitación. Mi lengua acarició y jugó allí donde había apenas besado. No pudo soportarlo, y sin previo aviso, dejé que mis húmedos labios lo envolvieran completamente. Se movía haciendo que mi boca lo recorriera por entero. Se empujaba con furia hasta mi garganta. Saboreé las primeras gotas de su esencia, pero antes que me diera cuenta, se salió de mí. Me hizo girar bajo su cuerpo. Sentí su mano entre mis piernas, sus dedos separando mis labios, mojándose en mis fluidos. Los mismos que acercó a mi boca para que probara mi propio sabor, ese que él me producía. Me penetró de forma animal. Sus embestidas golpeaban en las paredes de mi cueva. Lo sentía…, sentía cada pliegue de él en mí. Me sostenía por las caderas, haciendo más fuerte cada arremetida. Se acercó, y me mordió el hombro en el exacto momento que explotábamos en un orgasmo.

Se dejó caer sobre mi espalda. Su mano acariciaba mis cabellos, la fiera iniciaba a calmarse. Entonces escuché su voz en mi oído: "Recuerda, tú eres fuego…, pero yo soy el Dueño de ese, tu fuego."


jueves, 30 de julio de 2015

Él la deseaba tanto esa noche, la había pensado todo el día, imaginándola. Estacionó ya en la puerta del edificio y mirando el balcón del departamento notó las luces apagadas. Subió con el temor de deber aún esperar, frenar la ansiedad de tenerla. Apenas entró en el salón supo que se había equivocado, un ligero rumor provenía del baño. Cerró la puerta a sus espaldas y se dirigió allí. La sorprendió, estaba por ducharse. Inmediatamente la tomó empujándola contra la pared y la besó con tal pasión de dejarla sin aliento. El beso continuò en otro, y otro más, cada vez con más ganas, hasta ser casi violento. Su lengua se insinuaba de forma prepotente en la boca de ella, entre sus labios carnosos, tan malditamente indecentes, perfectos para…




En ese momento comprendí. Sin decir una palabra me postró brutalmente de rodillas. Con un apuro poco habitual en él, liberó su miembro de la prisión de sus pantalones, y tomándome por la cabeza, lo metió en mi boca, hasta el fondo. Era extraño, pero deseaba ser obediente, por lo que lo recibí por entero y me dediqué a él con total devoción.  Lo lamía, lo rodeaba con mi lengua, mientras con mi mano lo acompañaba en sus movimientos. Haría que se olvidara de todo, tiempo y espacio, sólo él y yo.




Estaba siempre de rodillas delante de él…, él que continuaba a hundirla en mi boca como nunca había hecho antes.  Intuí toda la espera reprimida de ese día, todas las fantasias, y convirtí ese gesto en único; haciéndolo a mi modo y con mis reglas. Sentí las primeras gotas de su esencia, esa mezcla de dulce y amargo sobre mi lengua. Pero él no quiso llegar hasta el final, sacó su falo antes de que pasara lo natural, que explotara en mi garganta. Y me alejó ese poco que bastaba.
Me pusé en pie, sin dejar de mirarlo a los ojos. Me mordí el labio inferior, había terminado el momento de obedecer, ahora iniciaba mi juego. Me giré preguntándole si quería enjabonarme. Apoyé las manos a la pared de mosaicos, arqueando la espalda y abriendo mis piernas, en una posición que exclamaba claramente mis intenciones. Me deseaba, lo sabía, y haría que lo hiciera aún más. Me inclinaba hacía él sin pudor, sin vergüenza. Lo escuché sacarse las últimas ropas y colocarse detrás mío. Comenzó a acariciarme. Aún bajo el agua sentía sus manos quemarme la piel. Mis pezones se endurecieron al contacto de ellas, y él los pellizcaba provocándome. Bajó y sentí como sus dedos separaban mis labios, y entraban en mi sexo. Se recreaba en ellos, haciendo que mi humedad creciera. Inesperadamente, sin ningún cuidado, me penetrò. Duro como el mármol lo sentí hasta el fondo de mis entrañas y no pude tratener una exclamación, algo entre dolor y placer.

Él continuó con sus potentes embestidas, se fundía una y otra vez dentro mío. Y más lo hacía, más yo disfrutaba. Esa exclamación inicial se transformó en intensos gemidos. El placer era ya irrefrenabile. Ambos cuerpos eran recorridos de violentos temblores. La respiración agitada de él fue el señal que no duraría mucho más aquel acto de pecaminosa lujuria.
En un susurrado gemido, mientras decía mi nombre, sentí su calor inundarme. Y yo me derramé sobre él en el mismo instante. Por un momento nos quedamos inmóviles, con las piernas temblando por la intensidad de la pasión que nos había envuelto. Dejamos que el agua finalmente refrescara nuestros cuerpos. Tomándome de la cintura me giró y abrazó, aún podía sentir su deseo. Y lo supe. Supe que ese había sido sólo el inicio de una larga noche.


viernes, 24 de julio de 2015



Quiero deslizarme por tu espalda,
dejar el perfume de mi deseo sobre ella.
Llegar a tu cuello, rozarlo con mi boca,
adueñarme de tu oreja y penetrarla con mis susurros.
Caer en la delicia de tus labios,
y sentir lo salvaje de tu lengua.
Quiero que mis piernas se enreden a tu cintura,
y que el ritmo de tus caderas sea igual al de mis ganas.
Que el vaivén de tu sexo y el mío
sea acompañado por la música de nuestros gemidos.
Quiero que ardas en el fuego que provocas
en mi cuerpo… en mi mente… en mi alma.



martes, 14 de julio de 2015

Ese intenso deseo (final)

Su lengua describía círculos en mi sexo. Y mis gemidos aumentaban cuando con los labios presionaba mi clítoris. Creí que estallaría, pero en ese momento se detuvo, mirándome de forma lasciva y provocadora. Me tomó por las caderas y me giró. Apoyó su mano en mi espalda y me recorrió hasta la nuca, haciendo en forma que bajara y dejándome expuesta, abierta a él.
Sin más preámbulos y cerrando su puño en mi pelo, me penetró. Despacio…, suave…, haciéndome sentir la dureza de su polla hasta lo más profundo. Mi espalda se arqueaba y notaba como mi interior se dilataba y contraía recibiéndolo. Bajó hasta que pude sentir su respiro en mi nuca…, agitado…, extasiado. Susurró a mi oído: “Me encanta sentirte así…, entregada…, mía…”. Y su mano volvió a tirar de mi pelo.

Delicada pero decidida, me separé de él. Sus palabras me habían hecho estremecer, pero también había despertado mi parte rebelde. Hice que se sentara y que me deseara viéndome desde abajo. Que me oliera mientras me acercaba, y me alejaba cuando quería tocarme. Comencé a bajar sobre él hasta empalarme en su erecta virilidad. Llevé sus manos hasta mi culo, para que acompañara mis subidas y bajadas por su miembro. Y su boca se dirigió ávida a mis pezones, que lo esperaban…, duros, erectos. Quise disfrutarlo lentamente pero el perfume de su piel junto a la mía, ese olor a sexo que invadía todo el ambiente, era más de lo que podía soportar. Comencé a aumentar el ritmo de mi cabalgada en tanto que mis uñas le dibujaban la espalda. Entonces fui yo que acercándome a su oído le susurré: “Me encanta sentirte así…, entregado…, mío”. Lo sentí estremecer mientras sus puños se cerraban nuevamente en mi pelo; jalando a ritmo de sus golpes de caderas. Ambos comenzamos a sentir los espamos que anunciaban el orgasmo. Él sostenía mi espalda mientras la arqueaba, y entre ahogados gemidos sentí su caliente esencia invadirme dentro.

Aún no recuerdo en qué momento o cómo llegamos a la habitación. El amanecer me sorprendió allí. Al despertar lo ví a mi lado, dormía serenamente boca abajo. Lo observé por algunos minutos. Decidí levantarme sin hacer el menor ruido. En puntas de pie fuí hasta el salón, recogí mis prendas y me vestí. Al calzarme las botas rocé la alfombra y un caliente temblor recorrió mi cuerpo, recordando la noche apenas pasada.
Antes de irme, le escribí una nota, sabía no le gustaría pero no podía arriesgarme a que despertara, no habría podido dejarlo, y ambos sabíamos que eso no era posible.

D.:
Fue una noche extraordinaria…
Ahora debo marcharme; ambos sabemos el por qué.
Disfruta tu estadía en la ciudad, y espero
podamos vernos, nuevamente, antes de tu partida.

Un beso.

M.


martes, 7 de julio de 2015

Hechizados


Musa desconocida
te instalaste en mi,
seduciéndome
sin que yo me diera cuenta.

Perdí la cabeza
por una musa
me entregué sin preguntas
en sus brazos.

Eres una bruja,
hechicera y encantadora,
no quiero despertar de este conjuro
en el que me has atrapado.







Poeta...
hecho Hombre...
hombre de ensueños...
caballero con brazos de refugio...
macho que enciende mi piel y mi sangre...
no despiertes...
no sin mí...
porque, si tú estás atrapado...
yo lo estoy contigo...