jueves, 22 de octubre de 2015

Somos amigos.

Un tiempo hubo fuego entre nosotros, pero ahora…, ahora ya no. Y ¿entonces por qué me encontré en esa situación?

Deberíamos quedar como amigos.”, continuaba a repetir Max. Y yo hacía que sí con la cabeza, convencida, en definitiva, nos habíamos frenado en tiempo. En tiempo de no herirnos y salvar nuestra relación, seguir siendo esos amigos del alma. Nuestras charlas eran infinitas, nos contábamos todo, o casi. Nos reíamos, nos reíamos tanto, y no sentíamos necesidad de más…, al menos eso creía…, creíamos.

Pero ayer mientras me contaba su enésima discusión, su enésima pelea, la luz de sus ojos era diferente. Su voz no tenía la habitual tristeza, el común dolor. Y admito que hasta sentí un poco de ternura.

¿Por qué no vamos hasta mi departamento a tomar el último café? –me propuso muy inocentemente. Estamos cerca, y luego te acompaño hasta tu casa.
Ok…, pero mirá que no puedo hacer tarde, mañana trabajo desde temprano. –me apresuré a responder.

Apenas llegamos a su piso, se puso cómodo mientras yo me dirigí a su cocina, estaba como en mi casa.
¿Preparas tú el café? –preguntó mientras sentí sus manos en mis caderas acercándome a él. Debía resistirme, alejarme, pero…, me gustaban…, me excitaban. Estoy loca; hubiese debido escapar pero lo dejé hacer.

Me besó el cuello desde atrás, y sin decir una palabra, me giró. Pasó sus manos entre mi cabello y me comió la boca. Sentí su lengua invadiéndome, buscando desesperadamente la mía.

Por un momento pensé en nuestra amistad, en cuánto nos había costado llegar a ese equilibrio; pero el sabor de sus besos apartaron cualquier reflexión de mi mente. Cuando separé mis labios de los suyos, en sus ojos ví un deseo inmenso…, tanto cuanto al mío. Un escalofrío me recorrió toda la espalda. Y ya sabía cómo terminaría en el momento exacto en el cual me desabroché el jeans y lo dejé caer al suelo…, a sus pies.

Max se desvistió mirándome todo el tiempo a los ojos. Lo hizo lentamente, disfrutando de ese color que subía por mi cara. Cuando finalmente terminó, y se quitó el boxer, no pude evitar “soplar”. Ver su excitación era estupendo, nunca pensé hacerle ese efecto. Y automáticamente me mordí el labio.

Me vuelves loco cuando haces eso... –me susurró al oído mientras pasaba su pulgar por mi boca.

Lo tomé de las caderas, acercándolo a mí, quería besarlo aún, saborearlo. Él aprovechó y desabrochó mi camisa, descubriendo mi seno. Bajó por mi cuello, besando mis pechos, se llevó mis pezones uno a uno a la boca. Los lamió, los succionó como si realmente bebiera de ellos. Ya no razoné más y froté su erección contra mi monte de Venus. Quería sentirlo por toda mi piel antes que dentro mío. Jamás me había comportado así con un hombre, pero con él era diferente. Él me conoce como nadie, él sabe todo de mí…, pero quería demostrarle qué mujer soy y que se arrepintiera por todo el tiempo que hubiese podido poseerme cada noche, y no lo había hecho.

Inicié a descender lentamente, hasta quedar de rodillas frente a su virilidad. Lo tomé entre mis manos y lo llevé a mi boca, sin dejar de mirarlo a los ojos. Quería ver su reacción al toque de mi lengua. Paladear el sabor de las primeras gotas de su esencia. Él crecía en mi boca…, y su temperatura aumentaba. Sentí la humedad entre mis piernas y llevé una mano hacia allí. Comencé a acariciarme mientras mi boca continuaba a degustarlo.

Max no aguantó más… Hizo que me alzara y me sentó sobre la mesa de la cocina. Sin decir una palabra, me sujetó por las caderas y me penetrò.

Me detuve un instante, apoyé mis manos en su pecho…, quería sentir sus latidos. Me dejé llevar… Y le pedí de no frenarse... De hacerme suya… Sus caderas comenzaron a embestirme cada vez con más fuerza. Me sujetó los cabellos y me besó con una pasión violenta… mordiéndome los labios. Clavé mis uñas en su espalda. Sentía mi cuerpo temblar… El orgasmo fue intenso... Aún no me reponía cuando sentí todo el calor de Max quemándome dentro, llenándome.

Me besó en la frente y se retiró de mí. Mi mente no lograba elaborar ningún tipo de pensamiento claro. En ese momento escuché su voz que me decía:

Cielo, voy a hacerme una ducha... –ya estaba abriendo el agua cuando agregó: Ufffff no pensé jamás que el sexo entre amigos podía ser así…, porque seguimos siendo amigos, ¿no?


…por supuesto. –respondí, alegrándome que no escuchara lo rota de mi voz. Obvio que seguimos siendo amigos Max... –agregué, mientras con el envés de mi mano secaba las lágrimas que recorrían mi rostro.





jueves, 15 de octubre de 2015

Había vuelto a la rutina. Y después de esos días de playa, resultaba cada vez más aburrida. Sin contar con el hecho que me encontraba sola, eso de hace una semana, y la cosa ya se hacía insoportable.

Decidí llamar a Fran. Nuestra relación era eso, sin compromisos. La pasabamos bien juntos, nos entendíamos muy bien entre las sábanas, pero no más. Ninguno de los dos se había enamorado del otro.

Hola… –sabía que reconocería el número. ¿Cómo estás? Es tanto que no nos vemos… ¿qué haces esta noche?
Hola bonita! –su voz relajada del otro lado ya me había hecho sonreir. Finalmente has vuelto de esas playas perdidas… ¿Esta noche?..., ahora que escucho tu voz, pensaba que podría perderme en algunas curvas.
¡Suena un estupendo plan! ...te espero a la noche, luego de la cena, para el postre… –bromeé.

Pasadas las diez sonó el portero.

Llegué... –su voz, o mis ganas, ya me hicieron estremecer.
Sube... –respondí probando a simular mi ansiedad. Dejé la puerta del departamento entreabierta y fui hasta la cocina. Ambos teníamos debilidad por el café, y uno recién hecho era un buen punto de partida. Escuché la puerta cerrarse, y enseguida lo sentí detrás mío. Su mano se abrió paso por mi camisa palpándome el seno. Y su boca apoyó en mi cuello un beso que pareció quemarme la piel.

Hola piccola… sabía que harías café, por eso te traje esto. –dijo, sacando una cajita de chocolates; él sabe bien que, en ciertas circunstancias, soy golosa.
Mmmm… me conoces... –dije girándome y apretándome a su cuerpo.

Nos tomamos el café entre besos robados y provocadores mordiscosEstábamos muy acomodados en el sofá. Descalzos. Él, en jeans y una camiseta negra, muy ajustada a sus pectorales. Yo, sólo con el íntimo y una camisa blanca a medio abrochar.  

¿Quieres más chocolate? –dijo colocándose un trocito entre los dientes.

Me subí a hojarcadas sobre él, y no sólo tomé el chocolate, sino que comencé a comerle la boca. Mi lengua le recorrió cada ángulo y se entrelazó con la suya. Sus manos iniciaron a recorrer mis piernas, hasta llegar a mis bragas. Sus dedos se abrieron paso rozando mi liso monte de Venus. Lo sentí moverse entre mis pliegues mientras yo seguía besándolo, con mis manos enredadas en su pelo. Me balanceaba adelante y atrás sobre su ya durísima excitación; en tanto que sus dedos entraban y salían de mí. Me aparté un poco, para desabrocharle el jeans. Bajé lentamente por sus piernas, mis uñas hacían lo mismo por su pecho. Finalmente liberé su pasión sin poder resistir llevármela a la boca. Tenía un buen sabor…, siempre lo tenía. Lo saboreé hasta que sentí cómo se tensaba bajo mis lamidas. Me quité las bragas y volví a subirme sobre él. Me empalé a su cuerpo, haciendo que entrara y saliera de mí. Sabía que no resistiría mucho más. Liberó mi seno del sujetador, tomando uno a uno mis pezones con la boca. Succionando y mordiéndolos hasta que arqueé mi espalda. Me derramé, en el mismo instante que su caliente virilidad inundaba mis entrañas. Ambos nos dejamos caer sobre el sofá, exhaustos.

Piccola…, ven, te llevo a la cama... –dijo con una ternura casi desconocida.
Fran… tú ya sabes que... –traté de responder antes que él me callara apoyando un dedo sobre mis labios.
Somos sólo amigos…, lo sé. Y si quiero quedarme aún, es porque no deseo que esta noche termine acá. –dijo guiñándome un ojo.

Estaba cansada para contradecirlo. Y realmente, lo que más necesitaba esa noche, era compañía. Después de todo, dormir sobre su pecho no me resultaba tan mala idea.


jueves, 1 de octubre de 2015

Caminé hasta esa playa perdida que he conocido años atrás, y que tanto me gusta. Acomodé mis pocas pertenencias y me dispuse a tomar sol, cuando lo ví salir del mar. Pese al calor, un temblor recorrió mi cuerpo. Él no me vió, o hizo de cuenta que no. Se colocó lejos de donde me encontraba. Mejor, me gustan los lugares solitarios, más si es para disfrutar del mar.

Me pasé la mañana entrando y saliendo del agua… tomando sol y leyendo. Cada tanto lo observaba, y él hacía lo mismo.

Ya era mediodía y la única sombra estaba ocupada por él. No lo supo, pero lo maldije. No quería irme, pero tampoco castigarme la piel. Fui a nadar una vez más. Volví y me puse boca abajo. Me estaba durmiendo cuando sentí una mano sobre mi cintura, sobre esa delgada e invisible linea divisoría entre mi espalda y mis nalgas. Me giré instintivamente y lo vi..., arrodillado a mi lado estaba él.

Te quemarás la espalda así... –dijo sonriendo.

Era atractivo, descaradamente atractivo. La humedad entre mis piernas ya no era por mi traje de baño.

No es la primera vez que tomo sol, y aparte has ocupado el único lugar a la sombra de toda la playa. –le respondí cubriéndome los ojos con una mano.
Hubieses podido acercarte... –susurró y volvió a posar su mano en mi cuerpo, en mi vientre. Te coloco un poco de crema… es lo que estaba haciendo.


Y comenzó con un ligero masaje sin dejar de observarme…, me quedé inmóvil, no supe resistirme. Bajó su mano, mirándome a los ojos. Comprobó lo mojada que estaba y yo noté su erección. Sus dedos jugaban entre mis pliegues, y mi respiración se agitaba con cada círculo que él dibujaba en mi clítoris. Lo empujé apenas, ese tanto que bastaba para colocarme a hojarcadas sobre él. Mis manos le recorrieron los brazos…, el pecho…, bajaron por su marcado abdomén…, y sin pudor, se metieron entre su boxer y ese durísimo sexo que aprisionaba. Comencé a masturbarlo al tiempo que él posaba sus manos en mi seno. Pellizcaba mis pezones, y se los llevaba uno a uno a la boca…, mordiéndolos…, succionándolos. Su polla estaba completamente fuera; erecta…, imponente. Sentí como su mano apartaba la parte debajo de mi traje de baño, deshaciéndose de ella completamente. Yo permanecía en éxtasis con mis manos en su hombría. Sentí las suyas en mis nalgas, presionándolas, abriéndome a él. Con un movimiento decidido me clavé a su virilidad, cerrando mis ojos creyendo de llegar a la cima del placer en ese instante. Empecé a moverme, lentamente, hacia adelante y atrás. Sus manos pasaban de mi culo a mi seno, recorriendo toda mi espalda. Lo cabalgaba como una salvaje amazona, haciéndolo entrar y salir de mí. Sentí los espasmos de mi orgasmo…, el primero, porque no me detendría. Continué con mi danza sobre él hasta que sentí como se tensaba debajo de mi cuerpo. Me acerqué a su oído y le susurré: “dentro…, quiero me explotes dentro…”. En ese momento me aferró las caderas y sentí como toda su pasión inundaba y calentaba mis entrañas. Me derramé junto a él.