viernes, 19 de agosto de 2016

El calor del último mes ya se estaba convirtiendo en insoportable. Y tampoco me apetecía continuar en mi departamento bajo el aire acondicionado. Me vestí cómoda; un par de jeans, sandalias bajas y una camisa blanca que dejaba los hombros descubiertos. Y me dirigí al centro comercial; daría una vuelta por los negocios, comprar ropa siempre me ha puesto de buen humor.

Un par de completos íntimos; uno blanco y uno azul. Tacones; esos diez centímetros de color negro parecían gritar mi nombre desde la vitrina. Antes de la pausa café, entré a la perfumería; y no desaproveché la oportunidad de sentir su aroma. Cerré los ojos un instante mientras él entraba en mí a través del Acqua di Giò, hasta creí sentir sus manos en mi espalda. Mi temperatura comenzaba a elevarse, por lo que pagué y fui por ese ice coffee que tan bien hacían en el patio de comidas. Me senté en una mesa cualquiera sin prestar mucha atención a mi alrededor. Pero no lograba estar serena. Controlé el celular... ninguna llamada suya, ni siquiera un mensaje. Terminé, me alzé y fui por un par de jeans; sería lo último, porque ni el shopping estaba dando resultado a mi insatisfacción.

Entré en un negocio nuevo, dirigiéndome directamente a lo que buscaba. Me encontraba tan dentro mis propios pensamientos que no noté que se me acercaban, hasta que sentí esa voz a mi espalda.

¿Puedo ayudarte? –esa masculinidad que acariciaba.
Nada podría apetecerme más... –respondí provocando mientras me giraba. Me encontré de frente a unos ojos de hielo; pero de aquellos que en vez de enfriar, queman.
¿Qué buscas? –volvió a preguntar, sonriendo de lado, como quien se sabe guapo.
Yo no busco, me gusta sorprenderme con lo que encuentro... –le respondí sin bajarle la mirada. Era un niño sin dudas; pero si quería jugar hoy se había topado con la persona justa.
¿Y has encontrado algo que te apetezca probar? –él también sabía provocar.
Puede ser... –respondí pasando mi lengua por los labios y tomando un par de jeans. ¿Los probadores?
Por aquí, te muestro... –y se dirigió hacia el fondo del local, donde lo seguí mordiéndome el labio.

Abrió una puerta con el cartel de “Privado” y me indicó de entrar.

Creo que aquí estarás más cómoda... y podrás probar cuanto quieras... –dijo desafiante, cerrando a llave trás de si.
Queramos... –dejé mis compras a un costado y comencé a quitarme la ropa sin dejar de observarlo, hasta quedar sólo con las bragas.

Él también comenzó a desvestirse, quedándose sólo con sus jeans. Posé mis manos en su pecho, para llegar de puntillas a su boca. Me sujetó por la cintura, tomándome por el culo y alzando mis piernas alrededor de sus caderas. Me colgué a su cuello, comiéndole la boca a besos. Nuestras lenguas parecían bailar una danza primitiva. Se entrelazaban con urgencia, con hambre. No tardé en notar su tremenda excitación; golpeaba con fuerza contra mi sexo, al que sólo lo cubría mis bragas completamente empapadas. Ninguno de los dos emitía una palabra, sólo se oían nuestros gemidos. Sin dificultad se deshizo del último obstáculo que lo separaba de mi cueva, y me penetró con tal fuerza que tuve que ahogar un grito en su cuello. Sus embestidas aumentaban de vez en vez, podía sentir cada pliegue de su virilidad dentro mío.

Niño... si continuas así... acabaré por correrme en ya... –y mis uñas se clavaron en su espalda cuando el derramarse de mi orgasmo se mezcló con lo caliente de su hombría.

Nos llevó algunos minutos normalizar nuestros respiros, yo aún prendida a sus caderas. Lentamente se separó de mí, acariciando con suavidad mis hombros.

Puedes vestirte con tranquilidad... –decía mientras cerraba los botones de su jeans y buscaba la camisa, dejando en el aire una pregunta.
Emme... así me llamo. –le respondí adivinando lo que deseaba saber. Te agradezco, haré rápido de todos modos.

Me acerqué para pagar lo que igualmente había elegido llevarme.

Deja que te lo regale Emme... –y su expresión era la de un niño que acaba de comerse los dulces que no debía.
Ni hablar niño... tal vez otra vez... –reía cuando le respondía.

Tomé mis cosas y el ticket, donde él había escrito su teléfono y “Por una pronta próxima vez, Matt.”, y salí del negocio.

Estaba ya por volverme, había sido una interesante salida de compras, cuando ví ese vestido y me hizo pensar en ella. Era imposible que esas puntillas y, sobre todo, ese color morado no me recordaran a Luz. Sin pensarlo, entré y lo compré. Eramos amigas desde hacía tiempo por lo cual la conocía bien. Lo hice envolver para regalo y de regreso pararía en su casa para dejárselo.

Llegué, aparqué el auto y llamé a su piso. No respondía, y eso me extrañaba; por lo que decidí llamarla al móvil. Cuando escuché su voz la noté agitada... ya me imaginaba, ese cabrón nuevamente le habría puesto todo patitas para arriba. Conocía una a una sus historias, nos hemos pasado horas contándonos nuestras idas y vueltas. E igual no supe decifrar su expresión cuando finalmente abrió la puerta y me recibió medio desnuda.




jueves, 11 de agosto de 2016


" (...)

Supe que quería que me azotaran la primera vez que me vino a la cabeza al leer una de las novelas románticas victorianas de mi abuela. Esas enagüas de seda fruncidas alrededor de la cintura de la heroína, mientras el héroe la sujetaba con firmeza sobre sus rodillas y bajaba la mano con pericia hacia sus nalgas sonrosadas. Las protestas de ella se me antojaban falsas incluso entonces, a pesar de lo jovencita que yo era, y, sin embargo, eso lo hacía más excitante.
Entonces sentí que me excitaba.
Y todavía lo hace.
Y a pesar de todo, no es más que una fantasía no realizada que guardo para mis adentros.
Aunque ya lo sospechaba, me lo confirmaron las crueles palabras de Jack cuando me decidí a reconocer mis deseos. Hay cosas que es mejor dejar sumidas en la oscuridad. Por mucho que conformen el lado más verdadero de una misma.

(...)”



Diario de Kara Crawford

jueves, 4 de agosto de 2016

De repente mi cuerpo se incendió. Sentí su mano subir por mis piernas, levantando mi falda. Sus dedos acariciaban mi monte de Venus por encima de mis bragas. Yo no hacía ningún tipo de resistencia. No podía... no quería. Había deseado aquello desde el momento que sentí su perfume, que crucé su mirada, que escuché su voz. Su boca se apoyó en mi cuello, besándolo. Su lengua marcaba círculos al ritmo que su otra mano sostenía mis brazos por encima de mi cabeza. Estaba totalmente mojada.

Me tomó por un pulso, sin decir una palabra y me llevó a su habitación. Me arrojó sobre la cama, su cama, y comenzó a desvestirse sin apartar sus ojos de mí. No osaba ni siquiera moverme. Mordía mi labio inferior como señal que lo deseaba, y lo deseaba ya. Se acercó con paso sereno, como quien sabe perfectamente lo que está haciendo, lo que provocaba en mí. Quitó uno a uno mis tacones, besando mis pies. Subió con sus manos y su boca por mis piernas. Volvió a mirarme fijo a los ojos mientras quitaba mi falda y mis bragas. Hundió su rostro en mi sexo; abriéndome los labios con su lengua, jugando con mi clítoris entre ella y sus dientes. Enredé mis dedos en su cabello. Empujaba con fuerza, arqueando la espalda. No pude contener los espasmos y me corrí en su boca. Él bebió de mi esencia, relamiéndose.

Aún temblaba luego de ese primer orgasmo, cuando comenzó a subir lentamente por mi vientre, quitando mi camisa y liberándome del sujetador. Tomó mi seno entre sus manos, llevándose mis pezones a la boca. Los lamía con voracidad, moridiéndolos. Mientras sus manos tomaban con fuerza mis glúteos, empujándome hacia él. Sentí su excitación entre mis piernas.

Dentro... es allí donde te deseo... –le dije casi en un susurro.
Shhh... –respondió mientras me giraba.

Me penetrò con un sólo moviento. Sus manos volvían a pellizcar mis pezones totalmente erectos. Sentía cada pliegue de su miembro, y cómo su capullo golpeaba las paredes de mi cueva. Entraba y salía de mí, haciendo que la excitación aumentara en cada embestida. Acercó su boca a mi oreja, su lengua era de fuego sobre mi piel. Todo mi ser pulsaba, temblaba al ritmo de sus caderas contra las mías.

Así... es así morena que te he imaginado desde el primer momento... –la sorpresa de sus palabras no hizo que despertar mi lado más salvaje... esta vez fui yo quien lo hizo girar, colocándolo por debajo mío.

Subí, empalmándome a su virilidad como una amazona. Era yo la que ahora marcaba el ritmo. Lo sentí temblar bajo mi dominio. Sus manos recorrían mi espalda. Sujetó mi culo con fuerza cuando su hombría quemaba mis entrañas.

Me cubrió con sus brazos, sosteniéndome.

Creo que deberías llamar a la oficina avisando que hoy no irás a trabajar... –y su voz, su extraordinaria voz, estaba cargada de promesas.