domingo, 27 de noviembre de 2016

¡Joder! ¿Será posible que siempre debamos discutir por lo mismo? –una vez más, la enésima estúpida pelea.
Emme... ¿en estos días te debe venir la regla? –era serio al decirlo.
Vete a la mierda... –y me fui a la oficina dando un portazo.

En vez de caminar hacia el trabajo, me llevaban mil demonios. Y es que el Toro tiene una innata facilidad para decir lo inapropiado en el momento menos oportuno. Volver al apartamento en la pausa del almuerzo para estar con él y que me hiciera cabrear así, no se lo dejaría pasar. Ya no. Hubo un tiempo en que callaba, pasado. Hoy tendría que hacer algo para disculparse... o yo haría en modo que lo hiciera.

Pese a lo que suponía, la tarde en la oficina se me pasó rápidamente. Decidí que antes de volver a casa, pasaría por el centro comercial, y de la manicura. Un poco de mimos a mí misma me vendrían bien, y todo hacía parte de lo que mi cabecita estaba planificando desde hace horas. Tomé el automóvil del aparcamiento y me fui sin decir nada ni dar explicaciones, si alguien quería saber de mí, estaban los celulares.

Luego de poco más de dos horas estaba nuevamente en mi apartamento. Él también estaba allí, y un buen aroma salía de la cocina.

Ahhh... has vuelto finalmente... –dijo mientras me daba un beso al pasar. He preparado la cena.
Bien... –sabe cuánto odie que haga de cuenta que no ha pasado nada. Me lavo las manos y preparo la mesa.
Ya está todo listo... –y sentía me desafiaba con la mirada. Sólo faltas tú.
Ok... –la media sonrisa que se dibujó en mi cara debía haberlo advertido.

Pasamos la cena entre intrascendentes conversaciones y sutiles ironías.

Controlo unos mails desde el ordenador y luego ordeno la cocina... –dije alzándome de la mesa.
Deja... deja... –me respondió haciendo todo él en mi lugar. Yo me ocupo mientras se hace el café.

Qué capullo... ”, pensé. Si creía que todo eso haría me olvidara lo del mediodía, se equivocaba. Pues hice lo que tenía que hacer en el ordenador y dilaté el momento de retirarme a descansar. Sólo cuando él fue hacia el dormitorio apagué todo, con mucha calma, y fui yo también. Me esperaba con la luz encendida. Comencé a desvestirme lentamente, sin siquiera mirarlo, haciendo cuenta que lo creía durmiendo. Sabía perfectamente que no lo estaba. Por unos segundos medité de colocarme la camisa de noche, pero no, me acostaría sólo con las bragas, debajo del nórdico se está bien con poco.

Notte... –apagué la luz y le di la espalda, sabía que le molestaría; pero ni respondió.

Lo escuchaba respirar y sabía que no dormía. No me movía. No pasó mucho que sentí su mano sobre mi hombro, su palmo recorrerme hasta posarse en uno de mis muslos. Yo continuaba a estar inmóvil. Se acercó a mi espalda hasta sentir su aliento en mi nuca. Sus labios comenzaron a besar mi cuello, mientras sus manos tomaban posesión de mi seno. Lo magreaban y pellizcaba mis pezones, volviéndolos túrgidos, tanto que dolían. Comencé a retorcerme del placer que me estaba provocando, pero sin que un sólo sonido saliese de mi boca. Sus manos bajaron por mi vientre y su boca por mi espalda. Me giro lentamente, hasta quedar yo boca abajo con él entre mis piernas. Alzó mis caderas, dejando mi sexo expuesto a los apetitos de su lengua. Abrió mis labios e inició a beber del agua que ya había provocado. Penetró y lamió. Lamió y penetró, una y otra vez. Cogió el botón enchido de mi clítoris entre sus labios y ya no resistí a maldecirlo mientras convulsionaba por mi orgasmo. Degustó cada gota de mi esencia, esperando que se calmara mi cuerpo.

Volvió a girarme lentamente, subiendo con más besos por mi vientre. Se detuvo al llegar a mi seno e hizo lo mirara a los ojos. Su lengua rodeó una a una mis aureolas y sentí como volvía a encenderme. Me tomó por el mentón y me besó, con algo de rabia, mordiendo mi labio inferior. Su barba tenía mi aroma y eso hacía que me excitara aún más. Mis caderas se alzaban buscando las suyas. Ahora ambas manos suyas poseían mis muslos, abriéndolos y acercándome a él.

Mírame Emme... mírame... –no lo estaba pidiendo, lo imponía.

Aún así no me resistí. Lo miré fijo a los ojos y sentí su polla penetrando mi cueva hasta el fondo. Cada pliegue suyo rozando mis paredes. Mis manos esta vez lo acercaron a mí, deseaba besarlo mientras sus embestidas se hacían más fuertes. Le comí la boca, mi lengua recorría cada rincón y se entrelazaba con la suya. El ritmo era tan frenético como salvaje y duro. Cerró en su puño mis cabellos y lo sentí tensarse, y mi sexo contraerse entorno al suyo. Apoyó su frente a la mía y liberó toda su hombría, tan caliente que la sentía arder junto a mi esencia.

Quedó así, apoyado a mí, hasta que nuestras respiraciones se calmaron. Antes de retirarse, abrió la boca para decir...

Shhh... –y lo besé, esta vez con ternura.

No hacía falta más. Él es así... Yo soy así... Lo nuestro es así... y así será.


domingo, 20 de noviembre de 2016

"Brrrrr brrrrr brrrrr ". El celular continuaba a vibrar dentro el bolsillo del jeans. Seguro era alguna estupidez de mis amigas en el grupo de whatsapp. Luego de cinco minutos pudo más la curiosad, y aprovechando lo aburrida que estaba en la oficina, abrí el celular... Sorpresa... un mensaje pero de él...

Buongiorno cara... ¿cómo ha iniciado tu día? 

Me quedé mirando el teléfono, con un calor subiendo por todo mi cuerpo, como siempre me ocurría cuando él me escribía. No lo pensé dos veces y me dirigí al baño. Entré en uno de los aseos, cerré con el pestillo y me senté sobre la tapa del vater para responderle.

Buenos días Doc... ”, respondí.
Emme... pensé estarías ocupada...”, como si no supiera que siempre me hago tiempo para responderle.
Nunca tanto para no responder a un saludo tuyo...”, deseaba ser complaciente.
Emme...”, lo imaginé pensándome de ese modo que él sólo sabe. “He terminado una guardia, pero he decidido quedarme en el Hospital, ¿por qué no buscas un excusa en la oficina y vienes para aquí... te estaré esperando en mi despacho.” ...debía bromear.
Sí, seguro... ya salgo.”, esperaba notara cierta ironía.
Entiendo... Quizás prefieras te espere en la pausa del almuerzo...”, no quería admitirlo pero el Doctor estaba acelerando mi pulso. No respondí más nada y él no volvió a escribir.

Salí del baño, volví a mi escritorio, pero cada cinco minutos controlaba el reloj. No había aún decidido si iría pero la idea de encontrarme con él no dejaba de darme vueltas en la cabeza.

Las 13:00, junté mis cosas y casi sin saludar a ninguno de mis compañeros, me fui. Pasé nuevamente por el baño para controlar mi maquillaje y, obviamente, mi ropa interior.

Mis pasos se dirigieron hacia el hospital rápidamente pese a los tremendos tacones que llevaba. Subí, llamé a su despacho y entré. De verdad me esperaba, y esta vez sí vi su sonrisa al verme llegar. Me acerqué, desafiándolo con la mirada. Se levantó y se me acercó.

Señorita, permítame... –y apoyó una mano sobre mi espalda, suave pero firme y decidida. Y ahora, acompáñeme... –abrió la puerta de su despacho y salimos.
Doc... –la expresión de mi rostro completó la frase.

Terminamos en el vestuario para hombres. Me resistí ligeramente a pasar.

Entra, Emme... –me susurró al oído.

Así hicimos y cerró la puerta con llave. Me colocó mirando hacia la pared, como para un castigo escolar. Sujetó con firmeza mis manos con las suyas.

Emme... –susurró nuevamente. Te deseo...
En estos momentos creo eres Drake... –y mi respiración era evidentemente agitada.
Mmm... ¿así que es eso lo que deseas? –mientras una de sus manos desabrochaba mi camisa y rozaba ya mi seno por encima del sujetador.
Eso y más... –casi no me reconocía en mis propias palabras, él parecía saber qué era aquello que yo deseaba, que mi cuerpo pedía, que mi alma anhelaba, antes de mi.

Habían sido días difíciles y él me había dado toda su ternura y su apoyo, y con ello logré continuar. Pero ahora deseaba al hombre, lo deseaba a él. Porque era él quien lograba conectarse con esa parte de mí más recóndita, más elemental, más salvaje. ¿Cómo lo hacía? Pues no lo sé, pero él lograba hacerme sentir plena. Con él podía ser yo completamente, sin máscaras.

Pude sentir como sonreía complacido. Se apoyó a mi espalda, inhaló el perfume de mi cuello y comenzó a besarlo, a morderlo. Sus dedos pellizcaban mis pezones, y ese dolor mezcla de placer me excitaba. Se apartó apenas de mí.

Quítate el jeans... –su voz no pedía. Ahora...

No dudé y lo hice. Su mano comenzó a bajar por mi vientre y se coló por entre mis bragas. Abrió mis labios, haciendo que se me escapase un gemido.

Me encanta que ya estés mojada para mí... –y escuché bajar la cremallera de su pantalón.
Por y para ti... –arqueé mi espalda en modo que mi culo se apoyara en su erección.

Separó mis piernas con las suyas, bajando mis bragas como con furia, y penetrándome. Sentí su tremenda polla por cada uno de mis pliegues. Una mano sostenía mis caderas y la otra me sujetaba el cuello, casi quitándome la respiración. Su aliento calentaba mi nuca y su fuerza mi sangre. El sabía despertar todos mis demonios y dominarlos sin más. Sólo su voz, sólo hacerse presencia en mí. Había establecido una conexión con mi alma inexplicable, y hasta ese momento desconocida. Sus embestidas me estaban matando, y al mismo tiempo devolviéndome a la vida.

Emme... –y su voz sonaba agitada. Sólo mi nombre pronunciò, diciéndolo todo mientras su caliente semen inundaba mis entrañas, y yo me corría a su mismo salvaje ritmo.

Esperó un momento, hasta que la respiración de ambos volviese a la normalidad, y se deslizó fuera de mí. Lo oía vestirse mientras yo era incapaz de moverme.

Emme, vístete... –sonaba firme. No podemos permanecer más aquí.
Sí... Obviamente... –comenzaba a reaccionar mientras acomodaba mi camisa y cerraba el jeans.

Se dirigió hacia la puerta, abriéndola y haciéndome salir. Apoyó su mano en mi espalda, a la altura de mi cintura, haciendo que me girase para verlo.

Ve a tu apartamento, debo terminar con mis visitas... Te escribo apenas termino... –y me sorprendió depositando un beso sobre mi boca. Tengo una sorpresa para ti esta noche.

No esperó mi respuesta, se marchó hacia su despacho sin mirarse atrás. Y yo, yo me tomé la tarde libre; disfrutando aún de su tacto en todo mi cuerpo, y... esperándolo.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Estaba controlando mi buzón de mails. Leyendo a algún amigo y comentándolo, cuando recibí la noticia. No supe cómo reaccionar. Automáticamente cerré mi portátil que estaba sobre la mesa del salón, y fui a sentarme en el sofá. Apreté mis piernas contra el pecho y comencé a llorar. No sé cuánto tiempo estuve así. El celular no dejaba de sonar, por lo que decidí responder.

Soy yo... –la firmeza de su voz lo caracterizaba. ¿Qué sucede Emme?
¿Cómo sabes que sucede algo? –y no lograba serenarme.
Cara... –era su modo de acariciarme. Primero, son horas que no te comunicas; y segundo, me lo has apenas confirmado con tu pregunta y el tono de tu voz.
Doc... –y no pude contener más las lágrimas. Le conté todo, lo más resumido posible, ya que sabía estaba en su trabajo.
Espérame... –respondió sin titubeos. En una hora finalizo mi guardia y me dirijo a tu apartamento.
Es que... –no deseaba complicarle el fin de semana, sabía cómo eran sus guardias de 24 horas.
No discutas Emme... en una hora estaré allí... –sabía que no habría modo de hacerlo desistir; y en realidad, no deseaba hacerlo. Ahora debo dejarte, me están llamando... a luego, kiss.

Volví a hundirme en el sofá, sabía que debía reaccionar pero sólo deseaba llorar y deshacerme de esa angustía que me calaba hasta los huesos. Estaba como adormilada, al menos hasta cuando tocaron a la puerta.

¿Si...? –me encaminé hacia la puerta y abrí antes de escuchar su voz.
Emme... abre... –y sí, era él, como había dicho.

Quedé quieta sosteniendo la puerta abierta, pero sin lograr mirarlo a los ojos. Entró y cerró tras de sí. Pasó una mano por debajo de la abertura de mi camisa, tomándome por la cintura y acercándome a su cuerpo. Me sostuvo así, pegada a él, fuerte, hasta que mi respiración comenzó a ser más relajada. Me giró, colocando su mano abierta sobre mi vientre, y haciéndome caminar hasta el sofá.

Iré a preparar un baño... –no fue una pregunta, ni siquiera una sugerencia; él tomaba las riendas. Ya regreso.

Quedé allí, mirando al vacío. Diez minutos después estaba parado delante mío con la toalla en la cintura, y su mano tendida hacia mí.

Vamos... –sabía de estar actuando como una niña, pero no lograba hacer diferente... pero ahora estaba él.

Tomé su mano y fuimos hacia el baño. Me desvistió con destreza. Quitó mi camisa y mis bragas, dejando caer todo al suelo, junto a su toalla. Ingresó en la tina e hizo que me sentara delante de él, entre sus piernas. Comenzó a enjabonarme el cuerpo, suave, delicadamente. Mi espalda... mis brazos... mi vientre... mis piernas... mi sexo. Sentía su erección golpear mi culo por debajo del agua, pero él sabía, sabía que yo no podría, sabía que no era el momento. Igual continuó, lavó mis cabellos, y cuando el agua comenzaba a enfriarse, se puso en pie e hizo que me alzara. Secó mi cuerpo con el mismo cuidado con el cual me había lavado, y había lavado mi angustía.

Nos dirijimos a mi habitación.  Se recostó en la cama, conmigo entre sus piernas. Comenzó a desenredar mis cabellos, lo hacía lentamente. Al terminar, besó mi cuello y cada uno de mis hombros. Ambos continuábamos a estar desnudos. Lo sentía latir contra mi cuerpo, sentía su calor abrasarme. Mi piel reaccionaba ante él, a su tacto, a sus atenciones. Comencé a sentirme serena, liviana. No dejó de acariciarme hasta que me dormí entre sus brazos. Fue allí que desperté... junto a él.

No habíamos follado, no... pero él me había hecho el amor toda la noche.

martes, 1 de noviembre de 2016

Otoño. Tercer día de lluvia consecutivo. Definitivamente no iría a trabajar, no se me daba la real gana. Haría como mi gato, me pasaría el día yendo de mi habitación al salón, de mi cama al sofá. Hubiese querido apagar y desconectar todo, pero debía dejar mi celular encendido por si llamaban de la oficina.

"Ding...", mail nuevo en la bandeja de entrada. ¿Y ahora? Realmente, si era un problema de trabajo no quería saberlo. No deseaba salir bajo la lluvia a solucionar problemas de otros. Tomé el celular y abrí el correo.

"Buenos días... ¿qué haces en este maravilloso día? ", con cualquier otro hubiese reaccionado mal, pero con él..., con él no. Su ironía siempre me ha hecho sonreír. Dos segundos y ya estaba respondiéndole.
"Pues probando los placeres de la vida felina... ¿y tú? ", si alguien en este mundo es capaz de comprender mis dobles sentidos, ese es él.
"Ding...", nuevamente, él seguro. "Jajajajaja... me... te imagino... pero con el fresco dicen que es mejor caliente... y con un poco de miel...", sabía lo tomaría por ese lado, nos sabemos sin más.
"Deja... deja... mejor no digo nada, todo lo dicho puede ser usado en mi contra...", y no paraba de morderme el labio mientras reía, como si él pudiese verme. "¿Sigues de viaje o ya has vuelto? "
"Ding...", era veloz esa mañana, aunque sigo sin explicarme por qué no usa el chat. "Si me abres la puerta, lo sabrás...". Miraba sin comprender del todo; seguro estaba de bromas. Eso creí hasta que llamaron a la puerta, y contuve la respiración.

¿Si...? –y el corazón ya me latía fuertísimo.
¿Piensas abrirme o debo llevarme los churros? –no podía ser pero sí, era su voz, era él.

Abrí la puerta y me arrojé literalmente a sus brazos. Me colgué de su cuello y lo besé. Debía sentir cuánto lo había echado de menos. Mi boca lo buscaba, lo comía, mientras mis dedos se enredaban en su pelo; y su brazo libre me sujetaba por la cintura.

¿Entramos o nos desayunamos aquí en la puerta para espectáculo de tus vecinos? –logró murmurar sobre mi boca mientras le mordisqueaba el labio.
Entremos mejor... –y me llevaba en andas pegada a su cuerpo.

Me sentó sobre la mesa del salón. Enredé mis piernas alrededor de sus caderas, empujándolo hacia mí. Mis brazos aún estaban alrededor de su cuello. Temía que de soltarlo, se esfumara; como tantas veces había pasado en mis sueños.

Te he echado de menos... –y mi boca se apoyaba en ese pocito que se le hacé en el mentón. Me has hecho mucha falta.
Lo sé... –sus dedos jugaban entre mis cabellos. Y siento mucho no haber estado cuando me has necesitado; pero tú sabes que no importa dónde vaya, o cuánto me demore, siempre, siempre volveré a ti.

Apoyó su boca en mi frente y me sujetó contra su pecho, fuerte, como nunca antes. Era él, y a la vez era diferente. Nos separamos sin decir nada, sólo nos mirábamos a los ojos. Bajé lentamente de la mesa, y fui hacia la cocina.

Estaba por hacerme un café cuando has llegado, ¿deseas también uno? –de repente lo sentí por detrás mío.
En realidad, no... –sus manos rodearon mi cintura. He tardado ya mucho tiempo, eres tú lo que deseo.

Una de sus manos inició a subir, desabrochando mi camisa a su paso. Acarició mi seno por encima del sujetador, y me tomó por el cuello. Su boca se apoyó en mi nuca, besándome desde el cuello hasta el lóbulo, el que mordisqueaba encendiendo mis ganas de él. Su otra mano comenzó a descender acariciando mis caderas, las que comenzaron a moverse indecentemente, frotándose
contra la dureza de su sexo. Subió mi falda y sus dedos abrieron mis labios, comprobando toda la humedad que ya había provocado. Se deshizo de su camisa, arrojándola al suelo; para luego abrir mis piernas con una de las suyas. Arrancó mi sujetador rompiendo sus tirantes, magreando fuertemente mis tetas. Debí sostenerme de la encimera, mis gemidos ya eran incontenibles, lo mismo que mi deseo de arquear la espalda y sentir su polla. Lo deseaba, y él a mí. Sin pensarlo, me giré y desabroché su jean, bajándolos junto a su boxer. Mis manos lo recorrieron todo, acariciándolo, sintiéndolo crecer aún más. Me tomó por las caderas y me sentó sobre la misma encimera, sujetando mi cabello en su puño. Se acercó lentamente, penetrándome, abriéndome para él y su erecta virilidad. Besaba y mordía mi boca, mientras mis uñas dibujaban su espalda. Sentía cada vena suya enchida, cada uno de sus pliegues; mis paredes contraerse entorno a él. Ninguno de los dos decía nada, sólo se escuchaba nuestras respiraciones agitadas. Mis gemidos, sus gruñidos. Lo sentí tensarse entre mis piernas. Me hizo mirarlo directamente a los ojos, y sentí su hombría quemándome las entrañas, mezclándose junto a mi esencia.

Nos quedamos así por un momento, hasta que se calmaron los espamos de nuestros orgasmos. Se apartó de mí y recogió su ropa. Pensé se vestiría y bajé de la encimera, pero en cambio, se giró ofreciéndome la mano.

¿Vamos juntos a la ducha esta vez? –me lo quedé observando y por un segundo no supe qué responder. Te lo he dicho, esta vez he venido por ti, esta vez no dejaré escapar la oportunidad.

Ni una palabra salió de mi boca. Sólo sonreí y tomé su mano.