jueves, 27 de abril de 2017

A la mierda el conformismo:
yo no quiero ser recuerdo.
Quiero ser tu amor imposible,
tu dolor no correspondido,
tu musa más puta,
el nombre que escribas en todas las camas
que no sean la mía,
quien maldigas en tus insomnios,
quien ames con esa rabia que solo da el odio.
Yo no quiero que me digas
que mueres por mí,
quiero hacerte vivir de amor,
sobre todo cuando llores,
que es cuando más viva eres.
Yo no quiero que tu mundo
se dé la vuelta cada vez que yo me marche,
quiero que darte la espalda
sólo signifique libertad para tus instintos más primarios.
Yo no quiero quitarte las penas y condenarte,
quiero ser la única de la que dependa tu tristeza
porque esa sería la manera más egoísta y valiente de cuidar de ti.
Yo no quiero hacerte daño,
quiero llenar tu cuerpo de heridas
para poder lamerte después,
y que no te cures para que no te escueza.
Yo no quiero dejar huella en tu vida,
quiero ser tu camino,
quiero que te pierdas,
que te salgas,
que te rebeles,
que vayas a contracorriente,
que no me elijas,
pero que siempre regreses a mí para encontrarte.
Yo no quiero prometerte,
quiero darte sin compromisos ni pactos,
ponerte en la palma de la mano
el deseo que caiga de tu boca sin espera,
ser tu aquí y ahora.
Yo no quiero que me eches de menos,
quiero que me pienses tanto
que no sepas lo que es tenerme ausente.
Yo no quiero ser tuya ni que tú seas mía,
quiero que pudiendo ser con cualquiera
nos resulte más fácil ser con nosotras.
Yo no quiero quitarte el frío,
quiero darte motivos para que cuando lo tengas
pienses en mi cara y se te llene el pelo de flores.
Yo no quiero
viernes por la noche,
quiero llenarte la semana entera de domingos
y que pienses que todos los días son fiesta
y están de oferta para ti.
Yo no quiero
tener que estar a tu lado para no faltarte,
quiero que cuando creas que no tienes nada
te dejes caer, y notes mis manos en tu espalda
sujetando los precipicios que te acechen,
y te pongas de pie sobre los míos
para bailar de puntillas en el cementerio
y reírnos juntas de la muerte.
Yo no quiero que me necesites,
quiero que cuentes conmigo hasta el infinito
y que el más allá una tu casa y la mía.
Yo no quiero hacerte feliz,
quiero darte mis lágrimas cuando quieras llorar
y hacerlo contigo,
regalarte un espejo
cuando pidas un motivo para sonreír,
adelantarme al estallido de tus carcajadas
cuando la risa invada tu pecho,
invadirlo yo cuando la pena atore tus ojos.
Yo no quiero que no me tengas miedo,
quiero amar a tus monstruos
para conseguir que ninguno lleve mi nombre.
Yo no quiero que sueñes conmigo,
quiero que me soples y me cumplas.
Yo no quiero hacerte el amor,
quiero deshacerte el desamor.
Yo no quiero ser recuerdo,
mi amor,
quiero que me mires
y adivines el futuro.
(Elvira Sastre)


lunes, 24 de abril de 2017

Deseaba sorprenderlo. En ese tiempo había aprendido a conocer sus gustos, aquello que despertaba su lujuría, alguna de sus más ocultas perversiones. Había buscado y elegido cada prenda con cuidado, todo debía ser como sabía le gustaba. Por eso debía ser un “corsetto”. Obviamente negro, con los lazos en la espalda, y algún volado que adornara mi escote. Que se ajustara perfectamente al cuerpo, y exaltara esas formas que Él tanto deseaba, aunque no se doblegara a admitirlo. Unos tacones muy altos, negros también, que hicieran perder el equilibrio. Y por un instante, contener la respiración.


Finalmente había llegado el momento.


Entró tan sigilosamente, era siempre tan controlado en sus movimientos, que sólo percibí su presencia cuando su aliento quemó mi cuello. Podía sentir su mirada recorriendo mi cuerpo, deteniéndose en cada detalle. Me excitaba la oscuridad de sus ojos, la forma en la que me observaba. No dejaba de hacerlo mientras abría su camisa y desabrochaba sus pantalones, liberando su erección. Me mordí el labio imaginando ser penetrada por ella, gimiendo bajo el peso de su cuerpo. Volvió a acercarse a mí, sujetándome con fuerza y haciéndome girar sobre mis tacones, quedando por detrás. Su mano se cerró entorno a mi cabello, haciendo que pusiera la cabeza de lado.

Nena... ¿estabas esperándome? –susurró en mi oído, mientras su otra mano descendía hasta mi sexo, y sus dedos rozaban mis labios completamente mojados.
Mmmmmmmm... –fue todo lo que mi boca pudo pronunciar, aunque mi cuerpo reaccionó a su toque arqueando la espalda y presionando su polla contra mi culo.

Sin soltarme, hizo me plegara hacia adelante, dejando mi sexo totalmente expuesto. Con su rodilla abrió mis piernas. Pude escuchar cómo terminó de desvestirse, dejando caer al suelo todas sus prendas. No osaba moverme. Él me tenía, me tenía porque me sabía. Me sujetó por las caderas, y con un sólo y único movimento, penetró hasta lo más profundo de mi cueva. Sus embestidas eran bestiales, sus testículos chocaban contra mis muslos mojados. Podía escuchar su respiración agitada, sus gruñidos mientras me follaba como un animal en celo. Sentía el sudor caer por mi espalda. Su mano sujetó mi cuello, ahogando mis gemidos.



Córrete... –dijo, o más bien ordenó. Nena... deseo te corras junto a mí... para mí.

Sus dedos presionaron mi cuello en el preciso instante que sus latigazos de caliente esperma inundaron mis entrañas. Continuó con sus embestidas hasta vaciarse completamente en mí. Cuando se calmaron los espamos después de mi orgasmo, me mordisqueó el hombro, lo besó y se retiró.

Me gustan las sorpresas de la nena... –dijo sonriendo y dándome un cachete en el culo. De mi nena.


lunes, 17 de abril de 2017

Él había vuelto. Pese a las horas de vuelo, su camisa estaba impecablemente blanca.
Entró en la habitación, se detuvo a observarme en silencio mientras me desvetía. Se sentó en la cama e hizo me subiera a hojarcadas sobre él.
¿Cuándo entenderás que eres mía? –susurró en mi oído. ¿Cuándo, que soy completamente tuyo?
Ya no se trataba de ganar o perder, ni siquiera de llegar a algún tipo de compromiso. Sólo de ser.






(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras propuestas para el mes de Abril: ganar, compromiso y camisa.)


domingo, 9 de abril de 2017

"(...)

Me sirvió otra copa y se sentó junto a mí en el diván. Yo me incliné y la besé. Mientras lo hacía le subí la pollera y miré de reojo aquella pierna de nylon. Tenía buena pinta. Cuando terminamos de besarnos se bajó otra vez la pollera, pero yo ya me había aprendido aquella pierna de memoria. Se levantó y fue al baño. Oí la cadena del baño. Después hubo una pausa. Probablemente se estaría poniendo más lápiz de labios. Saqué mi pañuelo y me limpié la boca. El pañuelo quedó teñido de rojo. Finalmente estaba consiguiendo aquello que todos los chicos de la Universidad menos yo habían conseguido. Los chicos bonitos, ricos, dorados y bien vestidos con sus automóviles nuevos y yo con mis trajes de pelagatos y mi bicicleta rota.Debra salió. Se sentó y encendió un cigarrillo.

Vamos a coger -le dije.

Empezó a cabalgar. Podía hacerlo, con sus 45 kilos. Yo apenas podía pensar. Hice pequeños movimientos, encontrándomela de vez en cuando. A ratos nos besábamos. Era bestial: estaba siendo violado por una niña. Se movía, me tenía clavado, atrapado. Era una locura. Sólo carne, sin amor. Estábamos llenando el aire con el olor del puro sexo. Mi niña, niña mía, ¿cómo puede tu cuerpecito hacer estas cosas? ¿Quién inventó a las mujeres? ¿Con qué propósito? El pensamiento del sexo como algo prohibido me excitaba más allá de toda razón. Era como un animal aplastando a otro hasta la sumisión. Cuando acababa sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando por las cabezas y las almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido una prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí.

(...)"

(Fragmento de "Mujeres", Charles Bukowski)

lunes, 3 de abril de 2017

Terminaba la jornada y no veía la hora de llegar a mi casa. Me bastó en pasar el umbral, quitarme los tacones, que inició a sonar el móvil...

Mara... dime. –dije sin poder disimular cierto fastidio.
¡Niña... menos mal que te encuentro! –gritó en mi oído. Necesito me hagas un favor, no puedes decirme que no... Necesito me acompañes esta noche a una cena especial.
Ufffff... –comencé a decirle. Que estoy agotada y sin ningún deseo de salir.
Emme... –su voz sonaba como un ruego. No quisiera decírtelo, pero me lo debes. Necesito ir a esa cena, deseo encontrarme con uno... y te necesito allí, tú sabes...
Es que... –sabía que se lo debía pero. De verdad, no es un buen período últimamente, no estoy para fiestas o cenas de las tuyas... que otro día pago lo que te debo y doble.
¿Que no entiendes? Es hoy, no es otro día... –insistía. Aparte te vendrá bien salir, justo por lo que dices, olvidas todo y te divertes... verás.

Suspiré. Sabía que sería una batalla perdida continuar a negarme; y sí, le debía muchas a Mara.

Veamos... –me rendí a su pedido. ¿Dónde es esta cena?
Aquí cerca, no te preocupes yo paso a recogerte y vamos... lo único es... –y se interrumpió.
¿Lo único es...? –casi temía preguntar.
Es una cena en máscara Emme. –apenas la oí decirlo, sonreí.
Perfecto... –respondí con mucha ironía. No digas más; me preparo y te espero.

Arreglamos los últimos detalles y cerré la llamada.


Unas horas más tarde pasaba por mí e ibamos a la cena. Obviamente ésta no fue muy interesante y la perdí apenas terminada; por lo que me acerqué al bar del lugar, me pedí una copa y salí a la desierta terraza. Prefería la cálida temperatura de allí, que el ruido que se sentía al interno. De repente sentí que ya no estaba sola. Me giré y me perdí frente a un par de profundos ojos negros.




¿Puedo acompañarte? –su voz recorrió mi cuerpo, electrizándolo.
¿No lo haces ya? –respondí desafiándolo.
Es que he estado observándote toda la noche, esperando que quedaras sola, pero no quería dejar de ser un caballero. –dijo a su vez, acercándose tanto que podía sentir su perfume embriagándome los sentidos.
A esta distancia diría que eres todo, menos un caballero... –no pude evitar morderme el labio.
¿Y eso no te gusta? –preguntó sonriendo.
Por el contrario... –le respondí mirándolo fijamente.
Y si no soy un caballero, ¿qué sería? –preguntó acercándose aún más, tanto que su aliento rozó mi cuello.
Un pirata... –y descaradamente arqueé mi cuerpo acercándolo al suyo.


A pesar de la máscara pude ver cómo entrecerraba los ojos. Llevó su mano a mi boca y delineó mis labios con su pulgar. Ese gesto hizo que temblara y él lo notó. Su otra mano descendió lentamente por mi espalda, acariciándola, y posándose en ese límite invisible de lo indecente. Me sujetó fuerte, seguro y me besó. Su boca tomó la mía por completo. Mordía mi labio despacito, provocándome. Y su lengua me recorría cada ángulo, saboreándome y quitándome la razón. Nadie nunca me había besado así, y deseaba más, mucho más.


Como soy un pirata, robo aquello que deseo sea mío... –susurró a mi oído.
¿Y qué más robarás esta noche, Pirata? –pregunté inclinando mi cuello para que continuara con esa exquisita tortura que era su boca sobre mi piel.
Larguémonos de aquí y lo averiguas. –respondió extendiendo la mano hacia mí e invitándome a hacer una locura.



Y por primera vez en mucho tiempo, volví a confiar en alguien. Tomé su mano e inicié una nueva aventura junto a él... mi Pirata.


domingo, 26 de marzo de 2017

Nos habíamos estado provocando toda la semana y, llegado el viernes, el deseo de Él era incontenible.

Me desvestí lentamente pensando a lo que estaba por hacer. Sabía que le gustaría, que no podría resistirse, y no deseaba lo hiciera. Me observaba mientras me dirigía al salón, sólo con mi lencería negra y mis tacones. Sonrió y entrecerró los ojos al verme volver a la habitación, notando aquello que llevaba en la mano... una caja de chocolates, sus preferidos.

Me senté sobre la cama, frente a Él, que aún permanecía vestido. Abrí la caja, cogí uno, y sin decir una palabra, lo coloqué en la parte interna de mi muñeca, ofreciéndosela. Volvió a sonreír y se acercó lentamente a mí. Tomó mi mano, con delicadeza y determinación a la vez, mirándome fijamente a los ojos. Cogió el chocolate con sus labios y, a cambio, depositó un beso sobre mi mano. Ese simple gesto hizo que mi piel se erizara.


Sin esperar un segundo, cogí otro chocolate; incliné la cabeza hacia atrás y lo coloqué en mi cuello. Él entrecerró sus ojos, sabía que lo estaba desafiando. Atrapó el chocolate con su boca, lamiendo apenas mi cuello. Luego, hizo me alzara, me giró, colocándose detrás de mí, y me besó hasta el hombro. No pude evitar me sientiera temblar.


Cogí el tercer chocolate, mientras Él iniciaba a desvestirse, quedando sólo con los pantalones y su camisa abierta. Coloqué mi cabeza de lado y situé el chocolate por detrás de mi oreja. Él, en mi espalda, corrió ligeramente mi cabello y cogió el chocolate, mordisqueando mi oreja. Mientras, sus manos acariciaban mis brazos arriba y abajo.




Supe dónde debía colocar el próximo para que este juego subiera aún más la temperatura entre ambos. Me incliné por delante de Él, sabía cuanto lo excitaría esa posición, y situé otro chocolate sobre ese límite invisible entre mi espalda y mi culo. No pudo evitar que lo oyera resoplar. Sus manos me tomaron de las caderas, su boca bajó hasta mi cuerpo para coger el chocolate, y al hacerlo lamió mi espalda. Entonces fui yo quien no pudo evitar exhalar un suspiro. Me mordí el labio al sentir lo húmeda que estaba ya, y Él vió que lo hacía al girarme sobre la cama.


Señaló la caja de chocolates, y sonreí alzando una ceja, aún quedaban dos. Cogí uno y lo coloqué entre mis pechos. Él estaba por encima mío, sentía su cálido aliento sobre mi piel. Bajó por mi cuello sin siquiera rozarme, su boca aprisionó el chocolate, dejando un beso en mi seno que me quemó. Arqueé mi espalda, acercando mi cuerpo al suyo, pero estaba el último, el final del juego.



Lo cogí de la caja y me lo metí en la boca, apenas abierta, mordiéndolo suavemente.

No te muevas... –lo sentí decirme al oído.

El sonido de su voz por primera vez esa noche, hizo que casi soltara el chocolate. Pero hice como Él me dijo. Se acercó lentamente, sus labios rozando los míos, intensamente. Tomó el chocolate fundiéndolo entre su boca y la mía, en un beso. Su lengua me saboreaba y sus manos recorrían mi cuerpo, que se amoldaba al suyo.

Mi provocatorio juego de seducción había terminado, pero el Suyo... el Suyo había apenas iniciado.



sábado, 18 de marzo de 2017

Era él. No podía ser otro. Era suya la foto publicada en la edición de El Croquis de este mes.
Podría reconocer su perfil donde fuera. El recorte de su mandíbula. Su sonrisa de lado. La picardía en su mirada. Y todo hacía que continuara a desearlo. Más... cada vez más.
Su imagen no me ha abandonado un momento. No tenía planeada estrategia alguna. El lunes simplemente entraría en su estudio y le susurraría: “No he dejado de pensarte...”



(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras propuestas para el mes de Marzo: estudio, edición y planeada.)


domingo, 5 de marzo de 2017

He siempre hecho a mi modo y antojo. Tal vez no lo han sabido, pero siempre jugué con mis reglas. Me gusta ese momento en el que sé que he despertado el deseo de quien tengo delante.  El instante en el que siendo yo la que complace, se me da exactamente aquello que anhelo. Esa sensación de poder en mi boca... en mis manos... entre mis piernas.

Sin embargo ahora todo es diferente. Él es diferente.

Me observa. Yo calculo mis pasos, pero Él siempre está uno por delante mío. Sabe qué pienso, cuando me sonrío y cuando me sonrojo, sabe leerme. Me siento una aprendiz. Y sé que no debería provocarlo, pero es una reacción tan natural, como aquella de mi cuerpo bajo su atención.

Y allí está nuevamente, sentado en ese ángulo de la habitación desde el cual no pierde ningún detalle. En este seductor juego del gato y el ratón; donde, por más afiladas sean mis uñas, esta vez seré la presa. Me pregunto si seré capaz de estar bajo sus reglas... si Él será el que logre dominar el verdadero fuego que se oculta en esta hembra. Paso por delante suyo, me pierdo en su oscura mirada, y no puedo evitar -ni quiero- morderme el labio. Se alza y comienza a caminar detrás de mí. Lo sé, lo siento, lo intuyo. Mis caderas se contonean incitándolo. Apresura el paso y me aprisiona contra la pared. Él pegado a mi espalda. Siento la fuerza de su cuerpo apoyado al mío. Una mano sujeta la mía. El calor de su respiración en mi nuca. Su boca se acerca a mi oído, y quedo sorda por los latidos de mi proprio corazón desbocado.

Emme... sabes que no deberías provocarme... –deseaba que continuara hablándome así.
¿Lo sé? –jugaba a la ingenua y empujaba mi cuerpo contra el Suyo.
Si lo haces, podría desear poseerte, hacerte mía... –sus labios casi rozaban mi piel con cada palabra.
¿Erizar mi piel... excitar mi cuerpo... me haría Suya? –el tono de mi voz lo desafiaba.
Dominar tu alma te haría mía... y sabes que podría... –susurró en mi oído antes de alejarse silenciosamente, dejándome completamente húmeda.


domingo, 26 de febrero de 2017

Ayer desperté plenamente consciente de que tendría el apartamento para mí sola todo el fin de semana. No me importó fuera temprano, siempre me ha gustado esa sensación de calma que traen las primeras horas del día, como si los sonidos estuviesen suspendidos en el aire. Decidí que primero desayunaría y luego me haría un buen baño. No tenía planes ni compromiso alguno, por lo que no pensaba salir en todo el día. Disfrutaría de esos días conmigo misma.

El aroma a café y tostadas ya había invadido cada rincón. Conecté mi ipod y puse música. Sonreí al escuchar la última canción que me dedicó... “Ringgg...”, alguien sonaba a la puerta. Me observé, llevaba mi camiseta más holgada, sin sujetador, sólo las bragas, y calcetines de lana... pensé que tal vez ni siquiera debiera abrir.

¿Quién es? –no deseaba que nadie me molestara.
Abre o se nos enfriará el café... –su voz.
Pero... –y abrí la puerta mirándolo sorprendida. ¿Qué haces aquí?
No puedo ni deseo estar en ningún otro sitio... –pasó su brazo por mi cintura pegándome a su cuerpo. Y con nadie más que no seas tú.

Me levantó en brazos, mis piernas envolvieron sus caderas. Entró cerrando la puerta tras de si. Ya no sentía más que su perfume y sus manos levantando mi camiseta y recorriendo mi espalda. Me apresuré a quitarle la chaqueta y la camisa, deseaba el calor de su pecho.

¿Por qué tan apurada? –sonreía mordiéndome el labio.
Es que contigo nunca sé cuánto tiempo tengo... –no me dejaría ganar por sentimentalismos.
Me has dicho que estarías sola, y he decidido venir a pasar el fin de semana contigo... –y me sentó sobre la mesa de la cocina. ¿He hecho mal?
Para nada... No seas tonto. –y logró me sonrojara.

Me abrazó unos minutos, donde su latido se parecía al mío. Decidimos que era mejor desayunar, y lo hicimos entre risas y mimos. Luego, comencé a ordenar todo y le mencioné que había pensado hacer un baño, y que podríamos hacerlo juntos.

Mmmmm me encanta la idea... –respondió, haciéndome girar. Aparte tienes mermelada aquí que habrá que quitar.
¿Dónde? – y miraba mi camiseta.
Justo aquí...dijo mientras me sujetaba por las caderas y mordía mi trasero.

Me eché a reír y él volvió a alzarme en sus brazos. Me llevó hacia el baño, abrió el agua y preparó la tina. Yo lo observaba tratando de retener cada imagen en mi memoria. Cuando todo estuvo listo, me miró y se desnudó; luego se acercó a mí y lentamente quitó mi camiseta y deslizó las bragas por mis piernas. Entró en el agua e hizo que me sentara delante de él. Tomó la esponja y comenzó a pasarla suavemente por mi cuerpo. Recorrió mi espalda, y la pasó lentamente por mi seno, mientras besaba mi cuello. Podía sentir su erección palpitar por detrás mío, contra mi cuerpo. Lo deseaba tanto cuanto él. Me giré para besarlo. Mi lengua saboreó cada ángulo de su boca. Y él mordió mi labio.

Sabes cuánto me vuelve loco tu boca... –susurró a mi oído y un gemido escapó de mi garganta por toda respuesta.

Terminamos el baño y nos dirijimos a mi habitación. Me tendí sobre la cama, sin dejar de observarlo. Él dejó caer la toalla que envolvía sus caderas, e inició a a besarme las piernas. Era una placentera tortura sentirlo avanzar por el interior de mis muslos, hasta mi sexo. Su lengua abría mis labios ya húmedos. Me retorcí, alzando mi cuerpo hacia su boca. Sus manos tomaron posesión de mis pechos, pellizcando fuertemente mis pezones, gesto que me hizo temblar como si hubiese sido recorrida por una descarga eléctrica. Entonces sujetó mi cabello alrededor de su puño, apoyó su frente a la mía, así pude perderme en el verde tan profundo de sus ojos, mientras sentía como me penetraba, como me abría a él. Salía de mí, sólo para volver a embestirme con más fuerza. Podía sentir cada una de sus venas, cada pliegue, contra las paredes de mi cueva. Mis piernas envolvieron su cintura, mis talones marcaban el ritmo sobre su culo.

Sentí como me contraía entorno a su verga, y cuando creí que sucumbiría a mi orgasmo, se quitó de mí y me giró bruscamente sin mediar palabra. Sus manos alzaron mis caderas, dejándole mi coño empapado y palpitante, totalmente expuesto. Volvió a penetrarme, con fuerza, con ganas de más, y continuó a embestirme de forma animal, instintiva, hasta sentir sus calientes latigazos quemar mis entrañas. En ese momento mi orgasmo gritó su nombre.


Ambos quedamos dormidos. Él cubriéndome con su cuerpo, en un gesto protector. Yo arropada entre sus brazos, en el refugio de su pecho. Al despertar volvimos a hacerlo, más lentamente, gozando cada instante, como si temiéramos no se volviera a repetir.

...

Esta mañana, lo sentí moverse a mi lado.

Es muy temprano... –y besó mi frente, y mis labios. Duerme aún...

Me desperté definitivamente al oír cerrarse la puerta del apartamento. Por un instante creí habría ido a por algo para el desayuno. Me senté y entonces ví su nota sobre la mesilla.

Sé que te cabrearás, y prometo hacerme perdonar. Pero bien sabes, que de no hacer así, no hubiese podido marcharme. Igual, ésta no es una despedida, sólo un hasta pronto.




jueves, 23 de febrero de 2017

“Cuando ‘estoy en celo’ lo huele a distancia...

Sabe que estoy más cariñosa de lo normal y que mi necesidad es urgente. Tengo la mala costumbre de no pedir directamente, en cambio, me esmero en desquiciarlo hasta que me persigue. Con un poco de ganas de hacerme daño. Con todas las ganas de someterme.

Nos miramos sin ceder y vemos en cada uno la misma naturaleza. Somos iguales. Y no hay mayor alivio y excitación que encontrar a tu igual y dejar que te devore.

Sé que está pensando en cómo montarme en el piso, en cómo tirarme del pelo para que arquee la espalda y no pueda moverme, en cómo intentaré rasguñarlo mientras gimo, en cómo me acabará él clavando las uñas y los dientes, marcándome como si mu espalda fuera ahora su territorio y toda yo. Y que duela y él lo note alrededor de su miembro. Y que gruña y maldiga canalizando el descontrol por medio de sus manos.

Sé que piensa en todo eso mientras me mira paciente, porque es igual a mí. Entonces corro y él lo toma como una invitación.

 (Texto tomado del web, fuente: toolman62lost)



sábado, 18 de febrero de 2017

Allí está él; siempre en la misma mesa y con un café delante. Como si esperase a alguien.
Lo observo desde que por accidente nos cruzamos en la entrada de ese mismo bar.
Consulta su reloj, se irá otra vez. La verdad es que ni mi herencia ni nada tengo que perder.
¿Puedo...? –pregunto, sentándome atrevidamente frente a él.
Finalmente... te estaba esperando. –y sonrió.



(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
En esta única ocasión he decidido unir las propuestas de Enero y Febrero)

domingo, 12 de febrero de 2017

No sé cuánto tiempo había pasado. Cualquier sonido ponía mis sentidos alertas. Pero fue en ese instante, en el que sentí las llaves en la puerta, que inicié a temblar. No de miedo, sino de deseo.

Escuché sus pasos, serenos, acercarse a la mesa donde estaba esperándolo. Pude sentir su mirada recorriendo mi cuerpo. Supe que se quitó la chaqueta, y conociéndolo bien, también supe que la había acomodado prolijamente sobre una de las sillas. Se ubicó por detrás de mi cabeza, y percibí su perfume mientras él abría y giraba los puños de su camisa. Pasó el revés de su mano por el borde superior de mi corset, acariciando apenas mi seno. Mi piel se erizó con su contacto. Continuó por uno de mis hombros, por mi cuello, hasta llegar a mi rostro. Delineó mis labios e instintivamente abrí la boca. Él introdujo sus dedos que lamí con ansiedad, con ese deseo que tenía esperándolo. Los recorría con mi lengua, sin apenas moverme, porque sabía que era lo que deseaba. Mi respiración se agitaba y él quitó sus dedos de mi boca, por lo que yo la cerré. Me dió un cachete en plena cara. No fue fuerte, pero me sorprendió, y volví a abrir la boca. Escuché el sonido de la cremallera de su pantalón al abrirse, y un escalfrío recorrió mi espina dorsal. Tiré mi cabeza aún más atrás. Él apoyó su erección en mis labios. Mi lengua saboreó su hinchado glande. Estaba ya húmedo. Su piel desprendía un aroma exquisito para mis sentidos, una mezcla de lujuría e infierno que estaba volviéndome loca. Sentía mi propia humedad entre mis piernas, deslizarse entre mis muslos. Comenzó a follarme la boca. Sentí su polla llegar al fondo de mi garganta, por un momento creí ahogarme. En ese momento creí que podría correrme sin siquiera tocarme. Fue ahí que él se quitó de mi boca, acercándose a mi oído.

No oses correrte, mia cara. –como si pudiese leerme los pensamientos. Lo harás sólo y cuando yo te lo diga.

Escuché como giraba alrededor de la mesa, y terminaba de quitarse la camisa. Se acercó e hizo que plegara mis piernas. Acarició mi terso pubis y abrió mis labios.

Me encanta y me excita cuando estás tan mojada... –su voz acariciaba el interno de mis piernas, mientras sus dedos iniciaban a penetrar mi cueva y jugar con mi henchido clítoris.
Tú provocas eso... –mis gemidos entrecortaban mis palabras.
Por y para mí... –sentía ese tono orgulloso.

Retiró sus dedos de mi interior, y sin más me penetró. Me abría a él en cada bestial embestida. Su pelvis chocando contra mi sexo. Mis paredes se contraían entorno a su erección. Estaba siendo una tortura el demorar mi corrida, una deliciosa tortura. Podía sentir toda la tensión de su cuerpo y el mío. Sus manos, que sostenían mis caderas, y que luego comenzaron a subir por mi abdomen, desabrocharon el corset, liberando mis pechos. Los sujetó con fuerza, pellizcando mis pezones, haciéndome perder todo resto de consciencia.

Córrete... –su voz volvía a traerme en sí. Córrete ahora... para mí...
Siiiiiiiii... –fue el detonador para explotar y derramarme sobre su falo, de manera plena y desbordante.

Pero él no se había corrido. Y antes de que yo calmara mis espamos, se retiró de mí. Me tomó fuertemente de la cintura y me bajó aún más hacia él. Hizo que mis piernas envolvieran sus caderas. Entonces sentí. Sentí su corrida sobre mí, su caliente y abundante semen entre mis tetas. Una de sus manos las recorría, y lo llevó hasta mi boca.

Prueba un poco de lo que tú me has provocado... –ahora su tono era satisfecho.

Me ayudó a incorporarme y sentarme en la mesa. Sin separarse de mi lado, quitó la venda de mis ojos. Me tomó de la barbilla, mirándome atentamente.

Y esta noche apenas ha iniciado... –no pude evitar morderme el labio, había vuelto a excitarme.




jueves, 9 de febrero de 2017

Ese viernes había comenzado como uno cualquiera. Rutinario. Y el fin de semana no se proyectaba mejor. Para acabar con el aburrimiento, cogí el celular y le envié un mensaje.

Buongiorno Doc... ¿cómo está yendo la guardia?”, y esperé.

Lo imaginé bastante ocupado porque no respondió enseguida, sino casi una hora más tarde.

Ciao mia cara... ni un minuto de tranquilidad.”, como imaginaba. “¿Qué harás después del trabajo? Deseo verte.”, leer aquello hizo se me acelerara el corazón.
Pues nada, creo tener una o dos horas libres...”, no sabía bien qué me inventaría, pero lo haría.
Haz lo posible por tener libre toda la noche...”, y sabía no bromeaba. “Luego te paso los detalles... kisssss.

¿Toda la noche? Sólo pude imaginar en llamar a mi amiga Cloè, yo la había cubierto tantas veces, que no podría negarse a hacerlo una vez por mí. ¿Qué es lo que tendría planeado él? Mentalmente inicié a repasar mi estado personal, fue una suerte haber pasado por lo de mi estetista el día anterior. Como siempre cuando uno desea todo fluya con rapidez, el tiempo comenzó a transcurrir lentamente.

Eran ya las 15:00 cuando sentí la vibración de mi celular que indicaba un nuevo mail. Asunto: “Instrucciones” ...sino fuera que lo conozco bien, pensaría que bromeaba.

Apenas acabes tu trabajo, ve al apartamento.
Cuando llegues, quítate los zapatos, relájate y prepárate un baño de sales. Pero no estés allí más de media hora.
Luego ve a la habitación, encontrarás una caja con regalos para ti. Vístete con ellos.
Ve al salón. Recuéstate sobre la mesa y espérame.


Ningún beso, ni siquiera había puesto su nombre. E igualmente, ese modo suyo me excitaba, y él lo sabía perfectamente.


Arreglé con Cloè todos los detalles de nuestra historia y llamé a casa para avisar. A las 17:01 estaba saliendo de la oficina. Cogí un taxi y fui hacia el apartamento como él me había dicho. Cerré la puerta detrás de mí, dejé mis cosas en la mesa de entrada, me descalcé y fui hacia la habitación. Mi curiosidad no podía esperar más para saber qué era ese regalo que él me había hecho. Deshice delicadamente el moño y abrí la caja... ¡qué maravilla! Un corset negro, un liguero y las medias obviamente; y un par de tacones que eran un sueño. Es indiscutible su buen gusto.


Me dirigí al baño a preparar la tina. Estuve dentro escarsos veinte minutos. Volví a la habitación y me vestí con sus regalos. Era todo perfecto, él conocía mi cuerpo de memoria. Me sobresalté al sentir el celular.

Cara... –su voz. He olvidado... coge un pañuelo de seda del cajón y cúbrete los ojos.
Sí... –sabía no esperaba otra respuesta. ¿A qué hora llegarás?
Tú espérame como te he dicho... –no era un pedido. Ahora debo continuar aquí, a luego.

Terminó la conversación sin más. Finalicé de vestirme, acomodé mis cosas sobre el pequeño sofá del dormitorio, y fui hacia el salón. Miré la hora en el reloj del corredor mientras caminaba, las 19:15...


Subí sobre la mesa, vendé mis ojos, me recosté... y esperé.