domingo, 15 de mayo de 2016

Mañana de sábado. La habitación está aún en penumbras. Miro el radio reloj, me sorprendo al notar que marca las diez pasadas. Entonces oigo la lluvia contra los vidrios del ventanal, son ya más de diez días. Me hago un ovillo. Siento acentuarse mi mal humor. Inicio a pensar, cómo fue que llegué a esa situación... otra vez. Me había prometido que no volvería a sucederme, no me involucraría, mi alma quedaría fuera de la ecuación, y sin embargo...

Sonó el portero eléctrico, y por un momento dudé en responder. Fuera quien fuera continuó a insistir. Me puse su camisa blanca, parecía el siglo pasado cuando la dejó olvidada en mi departamento... descalza fui hasta la puerta.

¿Si... quién es? –con la voz aún somnolienta.
Emme... cielo... soy yo, abre. –la voz de mi amigo sonaba tiernamente protectiva. Lo hice pasar, dejé abierta la puerta del departamento y me dirigí a la cocina a preparar un poco de café; sabía que le gustaba tanto como a mí. Cinco minutos más tarde lo sentí detrás mío.

Buenos días tesoro... ¿qué te trae por aquí un sábado a la mañana? –le pregunté mientras lo abrazaba hundiendo mi rostro en su pecho.
¿Qué me trae aquí? ...más bien, quién sería la pregunta. –respondió mientras me alzaba el mentón para que lo mirara a los ojos. Me tienes preocupado cielo, y tu mirada no me engaña...
Ufff... estoy bien... de verdad... –resoplé alejándome de su abrazo. Venga, ya está el café... –y me escabullí hacia el salón con la esperanza que olvidara el tema.

Nos acomodamos en el sofá e iniciamos a hablar de cualquier otra cosa; yo para olvidarme de todo, y él... bueno, me conoce demasiado como para insistir. Sin pensarlo, apoyé mis pies desnudos sobre él, que comenzó a acariciar y masajear de forma totalmente natural. Pero yo también lo conocía demasiado y sabía lo que ese gesto producía en él.

Creo que debería ir a vestirme... –dije pero sin alejarme un centímetro.
¿Te estoy incomodando Emme? –preguntó mientras sus manos subían por mis piernas.
No... pero sabes que soy vulnerable por las mañanas, más en estos momentos... –y notaba que mi cuerpo iniciaba a reaccionar. Y tampoco quiero confundirte.
Cielo... tú no me confundes, has sido siempre muy sincera... –pronunciaba cada palabra pausadamente, pero sin detener sus caricias. Y justamente como buen amigo, sólo quiero cuidarte y que estés bien.

Me sentía ya mojada y no pude evitar acariciarle la entrepierna con mis pies. Su erección era evidente, y eso me excitó. Me recosté abriendo mi camisa y las piernas. Él se llevó mis pies a la boca; los lamió, los beso. Subió por mis piernas, suavemente, palmo a palmo; hasta llegar a mi sexo húmedo, caliente. Tiré la cabeza hacía atrás, mordiéndome la mano; mientras él deslizaba mis bragas, sacándomelas. Hundió su rostro en mí, abriéndome los labios con su lengua; haciendo círculos en ese centro de placer que ya estaba hinchado y latiendo. Sus manos pasaron a mis cimas, pellizcándome los pezones, túrgidos por el deseo. Y no pude contener derramarme en su boca, llenársela con mi esencia.

Mi cuerpo aún temblaba por el orgasmo cuando me levantó en brazos y me llevó a mi habitación. Me dejó sobre la cama y se desnudó. Su sexo erguido y potente ante mis ojos, me encendió nuevamente. Me dí vuelta e hice algo que sabía lo volvería loco. Lo tomé con mis pies e inicié a masturbarlo con ellos. Podía sentir como crecía y se endurecía cada vez más, en la medida que mis pies bajaban y subían por su falo. En tanto mis dedos jugaban entre mis labios aún empapados. Lo oía gemir. De repente sentí sus manos en mi cintura, levantando mi cuerpo hacia él; dejándole mi sexo expuesto y abierto. Me penetró sin clemencia. Sus embestidas llegaban hasta lo más profundo de mi cueva. Se apoyó sobre mi espalda...

Grita Emme... desahógate... –me dijo, me pidió, mientras su respiración se entrecortaba y mi pulso se aceleraba. Deseo oirte gritar niña.
Siiiiiiiiiiiii... –salió de mi garganta en el momento que su virilidad estallaba en mis entrañas mezclándose con mi esencia.

Lentamente nuestras respiraciones volvieron a la normalidad. Él se recostó a mi lado y yo sobre su pecho. Había afecto en sus brazos, y en mi mirada.

Necesito que sepas... –comencé a decirle pero me calló apoyando su dedo sobre mi boca.
Shhh... no necesitas decir nada Emme... –y me abrazó aún más fuerte. Te he dicho siempre lo importante que es tener buenos amigos.