martes, 31 de enero de 2017

(...) Por entonces yo estaba en un estado de excitación que lindaba con la locura; pero al propio tiempo tenía la astucia de un loco. Sentado allí, en ese sofá, me las compuse para aproximarme a sus cándidos miembros mediante una serie de movimientos furtivos. No era fácil distraer la atención de la niña mientras llevaba a cabo los oscuros ajustes necesarios para que la treta resultara. Hablaba ligero, contenía la respiración, inventaba un súbito dolor de dientes para explicar lo entrecortado de mi jadeo, y mientras tanto, fijando siempre una mirada interior de maniático en mi dorada meta, fui aumentando sigilosamente la proximidad. (...)
(VLADIMIR NABOKOV Fragmento de la novela "Lolita", publicada en París en 1955, por Olympia Press.)



domingo, 22 de enero de 2017

Cuando aparece la persona justa, comprendes porqué nunca antes ha funcionado con ninguna otra.” Cada día que pasaba encontraba más real esta frase. Desde que había conocido al Doc todo resultaba perfecto. No había día que no comenzara con su “Buongiorno mia cara...”, sus besos y mi café. Y estos no concluían hasta recibir su “Buenas noches... ten húmedos y apasionados sueños...”, y esa carita de diablillo que tanto me pone.

Por eso, y por mil cosas más, ya deseaba saberlo en mí, sentirlo sobre mi piel como sólo él sabe. Ya había pasado su extenuante guardia navideña, mi explosivo fin de año, su tradicional fiesta de Reyes, y el cumpleaños más importante de mi calendario... ahora era tiempo para nosotros, y debía planificarlo para que sucediera lo más pronto posible.

Brrr... brrr...”, la vibración del celular me sacó de mis pensamientos.
Buongiorno mia cara... dime en qué horario te encontrarás en tu casa, quiero hacerte llegar algo...”, él... siempre él.
Buongiorno Doc... estoy en casa, enferma... pasa que no quería preocuparte...”, creo que no llegó a colocar el ‘visto’ al mensaje que ya me estaba llamando.

¿Y eso? ¿cómo es que no me lo has dicho anoche? –su modo de cuidarme.
Pues eso Doc... un simple resfriado, con algo de fiebre... –y probaba a que no se notara tanto lo nasal de mi voz.
¿Te encuentras sola? –y fue automático mirar hacia el otro lado de mi lecho.
Sí... pero... –no deseaba complicaciones, aunque sabía que él no aceptaría un 'pero'.
Nada Emme... en 20 minutos estoy allí... –me interrumpió sin darme posibilidad de negarme, aunque si no deseaba hacerlo. ¿La llave para las “emergencias” está donde siempre?
Sí, sí... te espero en mi habitación. –envió un beso y cortó sin más.

Veinte minutos después estaba en pie al lado de mi cama. Me había dado justo el tiempo de arreglarme un poco y cambiar mi lencería, una cosa es que me viera enferma, otra desarreglada.

Primero el deber... deja te visite Emme... –lentamente quitó las sábanas y el edredón... y sonrió. Hay ciertas veces, que adoro más que nunca mi profesión.

Oscultaba mi pecho, mientras hacía que inhalara y exhalara profundamente. Recorría mi espalda, lentamente. Se colocó por detrás mío, podía sentirlo respirar tan cerca de mi cabello, que ya no sabía si era la fiebre o mi deseo urgente de él, pero me sentía arder. No quería, no me importaba su parecer médico, lo deseaba a Él, al hombre. Apoyé mi cuerpo a él, mi culo rozó su pantalón... esa tela no podía simular la medida de su erección. Él también me deseaba, y su reacción no se hizo esperar. Sus manos tomaron mi seno. Su tacto tan firme y delicado a la vez. Sus dedos comenzaron a pellizcar mis pezones, que se endurecieron al instante. Mientras su boca besaba y mordía mi cuello. Luego fueron mis manos las que buscaban su polla... deseaba sentirla y hacer que entrara en mi cueva. Escuché como bajaba su cremallera. Me giré, quería tenerlo delante y mirarlo a los ojos. Le desabroché y quité su camisa. Mi lengua recorría su pecho, mientras mis manos se deshacían finalmente de su pantalón y su boxer. Lo deseaba, deseaba empalarme a él, sentir como me abría con su miembro. Sus dedos jugaban entre mis labios, presionando mi clítoris. Ahogaba mis gemidos en su cuello mientras mis uñas dibujaban su espalda. Hizo que me tumbara en la cama. Abrió mis piernas, y su mano me tomó por el cuello. Me penetrò lentamente, podía sentir cada pliegue y cada vena. El ritmo de sus caderas entrando y saliendo de mí hizo que me olvidara de todo, hasta que escuché su voz.

Emme... –y sentí como se tensaba todo su cuerpo sobre mí.

No hubo necesidad de más. Arqueé mi espalda y mis piernas se enlazaron a su cintura, mis talones golpeaban sus muslos. Lo sentía latir, pulsar dentro mío. Nos corrimos al unísono. Lo caliente de su esencia se hizo una con la mía, quemando las paredes de mi cueva.

Se quedó un momento recostado sobre mi cuerpo, hasta que su respiración y la mía volvían a la normalidad. Lentamente se retiró de mí, alzándose y comenzando a vestirse.

No conocía este tipo de tratamiento para los resfríos... –y no dejaba de mirar como se vestía, como cerraba su camisa... si continuaba así, sabía que volvería a excitarme.
Emme... tus ojos... aún enferma eres insaciable... –él me sabía, y eso me gustaba. Me encanta que seas así, mia cara.

Se detuvo un instante dándome la espalda. Se giró, y colocó una pequeña caja sobre la mesilla de noche.

Allí te dejo la sorpresa que había preparado para ti... –me tomó el mentón e hizo que lo mirara a los ojos. Pero la abrirás una vez que me vaya, ¿has entendido?

Le hice que sí con la cabeza, sin decir una palabra. Me besó en la frente como si fuera una niña, y se marchó. Apenas oí como se alejaban sus pasos, abrí la caja...

Una llave y una nota con una dirección y... “un apartamento sólo para nosotros; pronto, muy pronto mia Cara.”.

lunes, 16 de enero de 2017

“–Eres una chica preciosa que se merece algo mucho mejor de la vida, y yo voy a hacer todo lo que esté en mi mano. Te atraigo igual que tú a mí, de hecho anoche ni te imaginabas que acabarías corriéndote en mi boca...

Se puso colorada y desvió la mirada a otra parte, pero Él le tomó de la barbilla para que volviera a mirarle.

Estás guapísima cuando te pones salvaje y ahora quiero ser el hombre al que obedezcas, el que te cuide, el hombre al que acudas. En definitiva, el hombre que te controle.
¿Que me controle? ¿Sabe lo ofensivo que suena eso? –preguntó incrédula. Nadie puede controlarme!
Yo lo haré... –dijo con un convencimiento que la asustaba. Te ayudaré a ser lo que eres y a brillar siéndolo, no habrá mujer más consentida y venerada que tú porque yo siempre cuido muy bien lo que es mío.

Ella lo miraba ahora mucho más desconcertada.

¿Por qué hace todo esto por una mujer como yo? Podría tener a quien quisiera... –se calló antes de continuar la frase.

Aquella reacción a Él no le gustó nada.

Explica a qué te refieres con eso y ten cuidado con lo que dices y en cómo lo expresas, o me voy a enfadar.

Ella se señaló el cuerpo entero incluyendo su cara, mirándole con nerviosismo incapaz de verbalizar lo que decían sus gestos.

No tienes «nada» de qué avergonzarte, y conmigo menos. Quien eres y lo que eres es lo que deseo, y no la estúpida idea que tengas de ti misma. Es obvio que también he de enseñarte la mujer que tú no eres capaz de ver. Si no te lo crees es tu problema, pero descubrirás que estás equivocada a su debido tiempo."

(©Fiktizia - http://fiktizia.tumblr.com/)

martes, 3 de enero de 2017

También este año se ha terminado.

Me he encontrado a festejar en una baita en montaña. En realidad, sólo estaba allí por el Toro. Yo odio el frío, y hubiese preferido pasarlo en nuestro apartamento, una cena tranquila para dos, y sexo delante de la estufa a leña. Pero sus amigos nos habían invitado y a él le pareció buena idea. Deseaba también cancelar todo lo negativo, olvidar, como que nunca hubiese sucedido; e iniciar complaciendo al Toro, no me parecía tan malo después de todo.

Igualmente mi lado perverso se encendió, y decidió que sería un fin de año inolvidable. Allí estaba yo, mi polera de lycra negra; un vestido de lana color arena; un liguero comprado especialmente para la ocasión, con sus medias negras, pero que obviamente él no sabía que tenía; y botas altas negras.

La cena había transcurrido de forma amena, conversando y riendo de las cosas vividas esos últimos doce meses. Mi mente hacía la misma revisión, soplé cuando recordé ciertas cosas; pero luego sonreí, al final fueron ellas las que me llevaron a encontrar lo mejor. Llegó el momento de llenar las copas, todos iniciaron la cuenta regresiva. Abandono mis pensamientos y me uno al grupo.

Diez... Nueve...”, y me giro a observarlo. Es una fracción de segundo, cuanto basta para agitarme.

Ocho... Siete...”, su cabello, su barba bien cortada, su cuello.

Seis... Cinco...”, continuo la cuenta regresiva pero no puedo dejar de mirarlo.

Cuatro... Tres...”, esa camisa negra que se ajusta un poco a su pecho, y esos jeans, los de siempre, pero hoy diferentes.

Dos... Uno...”, sonrío, me muerdo el labio pensando a lo que está por ocurrir.

Auguri!!!...”, saludo a los amigos primero como dicen ellos que es la tradición, luego las amigas; y finalmente llego hasta él. Me detengo delante de su mirada y por un instante dejo me coma con los ojos. Pese al frío, los demás salen a observar los fuegos artificiales, y él me abraza pegándome a su cuerpo. Su boca busca la mía, y mi lengua recorre cada ángulo, saboreándolo. Mientras mis manos se apoderan de sus nalgas. Siento su erección contra mi vestido, y me excito, me mojo. Había decidido comenzar el año de la mejor manera, y eso estaba haciendo. Tomé su dureza con una mano y me acerqué a su oído.

Ya... lo quiero ya... –le susurré, y sin importarme si alguno entraba por la puerta o menos, llevé su mano a mi sexo.
Mmmmm... liguero, medias y bragas de encaje... –y sus dedos recorren el límite entre el encaje y la piel de mis muslos.

Lo siento como juega dentro mío, mientras su índice busca y pellizca mi clítoris. Ahogo mis gemidos en su pecho. Me toma fuerte de la cintura y me lleva al baño, cerrando la puerta trás de él. Sin quitar su mano de mi culo, se baja el jean, el boxer y se sienta en el vater. Levantó mi vestido, levantando apenas las bragas e hizo que me sentara sobre él. Me penetrò sin decir una palabra, cerrando su puño en mis cabellos. Comenzó a hacerme subir y bajar por su miembro. Intensamente. Sentía cada uno de sus pliegues en mí. Me besaba y mordía, la boca y el cuello. Con desesperación, dejando sus marcas en mí. Mis gemidos eran cada vez más fuertes, él quitó su mano de mi cintura y cubrió mi boca.  Apoyó su frente a la mía, mirándome a los ojos, desafiándome, mientras se tensaba bajo mi cuerpo. Mordí su mano, no pudiendo contener mi orgasmo, y sentí su hombría quemando mis entrañas.

Nuestras respiraciones comenzaron a calmarse. Habíamos perdido la cognición del tiempo. Nos separamos e iniciamos a acomodar nuestras ropas. Escuchamos golpear la puerta, nos miramos y empezamos a reírnos. Abrimos, uno de nuestros amigos estaba en pie esperando para entrar.

Pues ¿qué obsesión tienen ustedes dos por los baños? –preguntó entre risas mientras guiñaba un ojo al Toro.